martes, 6 de mayo de 2014

Ofrecimiento de los misterios del Santo Rosario

Misterios gozosos
I
La encarnación del Hijo de Dios
Del ángel escuchas
La tierna embajada
Y el Verbo en tu seno
Se digna encarnar.
Humilde hazme y puro
Doncella sagrada,
Por este misterio
Que vengo a adorar.
II
La Visitación de Nuestra Señora
De dicha y de gracias
Un rico tesoro
Recibe al mirarte
La santa Isabel
También la presencia
De tu Hijo yo adoro:
Que el alma reciba la gracia con Él.
III
El nacimiento del Hijo de Dios
En míseras pajas,
Al Rey de la gloria
Con gozo inefable
Miraste nacer.
Que el alma desprecie
Del mundo la escoria,
Y a Dios sólo busque
Y encuentre doquier.
IV
La purificación de Nuestra Señora
La ley de tus padres
Cumpliendo, Señora
Presentas al templo
Del mundo a la Luz.
Haz, Madre, que cumpla
Fiel, a cada hora,
La Ley sacrosanta
Sellada en la Cruz.
V
El niño perdido y hallado en el templo
Gozosa en el templo
Hallaste, María
Al Hijo que ausente
Tu precio afligió.
¡Que el ama recobre
Su dulce alegría,
Hallando al Amado
Que triste perdió!


Misterios dolorosos
I
La oración del huerto
Orando en el huerto
Con cruda agonía,
Su sangre preciosa
Derrama el Señor.
Con lágrimas tiernas,
Yo lave, ¡oh, María!
Las culpas que causan
Tamaño dolor.
II
Los azotes que el Hijo de Dios recibió atado a la columna
Cual mísero esclavo
De azotes sin cuento
La horrible ignominia
Tolera el Señor.
¡Oh Madre llorosa!
Por ese tormento,
Mi pecho quebrante
Continuo dolor.
III
La coronación de espinas del Hijo de Dios
Espinas desgarran
Las sienes divinas
Del que es de los cielos
Y tierra, Señor.
¡Oh Madre del alma!
¿Por qué esas espinas
No rasgan mi pecho
Con fiero dolor?
IV
La Cruz a cuestas
Cubierto de oprobios
Y al peso rendido
De infame madero,
Miraste al Señor.
La cruz de mis penas
llevar yo te pido
Con santa paciencia,
Por ese dolor.
V
La crucifixión y muerte del Hijo de Dios
El gran sacrificio
Consuma el Dios fuerte:
Por darme la vida
Sucumbe el Señor.
¡Oh madre, en el trance
Fatal de mi muerte,
Mis penas alivie
Ti acerbo dolor!


Misterios gloriosos
I
La resurrección del Hijo de Dios
Triunfante abandona
La tumba sagrada
El Dios que a la muerte
Su presa arrancó.
Muriendo a mis culpas
¡oh Virgen amada!
Con Él la victoria
Cantar pueda yo.
II
La admirable Ascensión del Hijo de Dios
El Rey de los siglos
Radiante y glorioso,
La diestra del Padre
Ya sube a ocupar.
¡Oh Virgen excelsa!
Tu ruego piadoso
Me alcance que pueda
Con Cristo reinar.
III
La venida del Espíritu Santo
De amor infinito
La célica llama
Gozosa recibe
La Esposa inmortal.
Los dones que el cielo
Piadoso derrama,
Alcánceme, ¡oh Virgen!
Tu amor maternal.
IV
La Asunción de Nuestra Señora
De gloria cercada
Cual la luna bella,
Del sol revestida,
Con limpio fulgor.
Al cielo vas rauda,
Triunfante doncella.
¡Quién fuera contigo
Muriendo de amor!
V
De la coronación de Nuestra Señora
El Dios uno y trino
Corona tu frente,
Y el Cielo te aclama
Su Reina Inmortal.
¡Oh Reina! ¡oh Señora!
¡Mi canto ferviente
Celebre tus triunfos
Con gozo eternal!

La incredulidad de Dídimo



[...] El carácter de Tomás se prestaba a la rebeldía del espíritu. Su rudeza sobrepujaba acaso la de todos sus compañeros. Ya antes de la Pasión, cuando Cristo hablaba, su mente se perdía en la niebla de los misterios, y, probablemente, ante la doctrina del reino de los cielos que era semejante a un grano de mostaza, sus ojos no acertaban a ver más allá de las fronteras de Dan y Bersabee, del Mediterráneo y el desierto. Una restauración del reino de David. Cuando el Maestro pronunciaba sus parábolas, Tomás debía de quedarse en ayunas. Todavía en la última Cena confiesa que no entiende nada de cuanto dice el Señor: "Maestro--dice--, ni sabemos adónde vas ni dónde está el camino." Ni los milagros, ni la doctrina, ni las declaraciones más o menos claras de Jesús, habían llegado a crear en él una convicción firme de que caminaba junto a Dios. Sin embargo, le seguía ciegamente: con gozo, con generosidad, con entusiasmo. Era tal vez el más entusiasta de los apóstoles. Cuando Jesús quiere ir a Jerusalén, donde se ha decretado su muerte, todos sus compañeros vacilan, pero él grita con decisión: "Vayamos también nosotros a morir con él." Este rasgo retrata su caracter.
La vergüenza del Gólgota le desconcierta. A pesar de todos los avisos, nunca había creído que su Maestro podía terminar de aquella manera. Sus esperanzas, sus ilusiones, habíanse derrumbado. Y cuando Cristo, el mismo día de Pascua, se aparece a sus discípulos, él anda fuera del Cenáculo, vaga por la ciudad, recogiendo tal vez los rumores del vulgo acerca del malogrado Rabbí. 
--Hemos visto al Señor--le dicen después sus amigos.
Y Tomás, que acababa de oír allá afuera tantas burlas con motivo del drama sangriento desarrollado dos días antes, respondió con una carcajada incrédula. Los espíritus limitados, que creen haber sido engañados una vez, son luego casi inaccesibles a toda luz. 
--Pues sí, hemos visto al Señor--vuelven a decir los Apóstoles--; era verdaderamente Él; nos ha hablado, ha comido con nosotros.
A esta noticia tan unánime, tan minuciosa, tan gozosa, Tomás responde brutalmente:
--Si no veo en las manos las llagas de los clavos y no pongo el dedo en la llaga de los clavos, y mi mano en su costado, no lo creeré.
Era el lenguaje de un sentido común a ras de tierra; la lógica del hombre práctico y positivo; la frase famosa que repetirán eternamente todos los adoradores de la pura realidad. Burlado una vez en sus esperanzas, el buen apóstol ha resuelto no dar en adelante su asentimiento sin exigir las debidas garantías. Declara que quiere ver, pero luego se arrepiente de pedir tan poco; también hay visiones de fantasmas. Es preciso tocar, palpar, meter la mano donde entró la lanza. Entre los criterios de verdad, la inteligencia no cuenta; los ojos tienen poco valor; para un espíritu fuerte, la experiencia carnal está por encima de toda sindéresis.
Agradezcamos a Tomás el "Gemelo" aquella enérgica actitud, por la cual tiene el mundo una nueva prueba de la Resurrección, capaz de satisfacer al más exigente. De más provecho, dice un Santo Padre, fue para nosotros la incredulidad de Tomás que la fe de la Madgalena. Ocho días después estaban los discípulos en la misma casa, y Tomás con ellos. Ocho días enteros había durado su terquedad frente a la afirmación de todos sus compañeros. Probablemente lloraba al Maestro, porque tenía un corazón generoso, y ese sentimiento fue el que le tuvo unido a sus hermanos durante aquella semana interminable. De repente, una voz en el umbral:
--¡La paz sea con vosotros!
El Resucitado está allí y sus ojos buscan al incrédulo. Viene por él, proque le ama a pesar de su infidelidad, y con él se encara, diciendo:
--Pon aquí tu dedo y mira mis manos; alarga tu diestra y métela en mi costado, y no quieras ser incrédulo sino fiel. 
--¡Señor mío y Díos mío!--exclamó el apóstol temblando y adorando.
Su obstinación se había rendido, confesaba su derrota, más hermosa que todas las victorias, y se entregaba por entero a Cristo. Pero a esa sumisión tardía, el Señor oponía el mérito y la dicha de las almas innumerables que habían de creer sin verle.
--Poruqe me viste, Tomás, has creído; bienaventurados los que creyeron sin verme.
Era un suave reproche dirigido a través de los siglos, a todos los tibios en la fe, a todos los pragmáticos, a todos los racionalistas.

Tomado del Año Cristiano de Fray Justo Pérez de Urbel, Edición de 1934.

ORACIÓN


Oh Virgen Santísima, María inmaculada, Madre de Dios, por el inmenso dolor que tuviste cuando oíste que tu Hijo preciosísimo estaba preso en poder de sus fieros enemigos, herido, atado y maltratado, e injustamente condenado a muerte: te suplico, Señora, alcances de su bondad, que la memoria dulce de su dolorosa Pasión destierre de mi alma las pasiones y en la vida y en la muerte con tu amparo viva y muera animado y gobernado de tu soberana gracia, y por ella consiga el reino de la gloria, en donde eternamente le alabe por todos los siglos de los siglos. Amen.

V. ¡Oh fuente de bondad! ¡Oh Madre de piedad!
R. Reforme tu piedad a mi maldad.
V. Acabe en paz mi alma, ¡oh Virgen pura!
R. Tu favor vida eterna me asegura.



HIMNO

Dulcísimo Jesús,
consuelo y alegría,
divino, ya hecho humano,
en la Virgen María.
Haz que tu Madre sea,
hasta llegar a verte,
mi gobierno en la vida,
mi defensa en la muerte.
*
Madre eres de piedad, Virgen María,
consuelo de las almas y alegría.
Aquel que tu favor devoto invoca,
la saeta enemiga no le toca.
Rectamente nos guías a la gloria,
y en la muerte tremenda a la victoria.
Y ayudando en la vida y en la muerte,
vence tu brazo poderoso y fuerte.
*
Admirable es tu mano, Virgen Santa,
pues todo el infernal poder quebranta.
Madre eres de piedad, Virgen María,
consuelo de las almas y alegría.
Virgen Madre,
inclina tu piedad a mis gemidos,
y a mis voces atiendan tus oídos".


martes, 29 de octubre de 2013

María merece toda nuestra confianza




Cuántos soberbios con la devoción a María han encontrado la humildad! ¡Cuántos iracundos la mansedumbre! ¡Cuántos ciegos la luz! ¡Cuántos desesperados la confianza! ¡Cuántos perdidos la salvación! Esto es cabalmente lo que profetizó en casa de Isabel, en el sublime cántico: “He aquí que desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones” (Lc 1, 48). “Todas las generaciones –comenta san Bernardo–, porque todas ellas te son deudoras de la vida y de la gloria; porque en ti los pecadores encuentran el perdón y los justos la perseverancia en la gracia de Dios”. El devoto Laspergio presenta al Señor hablando así al mundo: “Pobres hombres, hijos de Adán que vivís en medio de tantos enemigos y de tantas miserias, tratad de venerar con particular afecto a vuestra madre. Yo la he dado al mundo como modelo para que de ella aprendáis a vivir como se debe, y como refugio para que a ella recurráis en vuestras aflicciones. Esta hija mía –dice Dios– la hice de tal condición, que nadie pueda temer o sentir repugnancia en recurrir a ella; por eso la he creado con un natural tan benigno y piadoso que no sabe despreciar a ninguno de los que a ella acuden, no sabe negar su favor a ninguno que se lo pida. Para todos tiene abierto el manto de su misericordia y no consiente que nadie se aparte desconsolado de su lado”. Sea por tanto bendita y alabada por siempre la bondad inmensa de nuestro Dios que nos ha dado a esta Madre tan sublime, como abogada la más tierna y amable. ¡Cuán tiernos eran los sentimientos de amor y confianza que tenía el enamorado san Buenaventura hacia nuestro amadísimo Redentor Jesús y hacia nuestra amadísima abogada María! “Aún cuando –decía él– el Señor (por un imposible) me hubiera reprobado, yo sé que ella no ha de rechazar a quien la ama y de corazón la busca. Yo la abrazaré con amor, y aunque no me bendijera, no la dejaré y no podrá partir sin mí. Y, en fin, aunque por mis culpas mi Redentor me echara de su lado, yo me arrojaré a los pies de su Madre María y allí postrado estaré y me conseguirá el perdón. Porque esta Madre de misericordia siempre sabe compadecerse de las miserias y consolar a los miserables que a ella acuden en busca de ayuda; por eso, si no por obligación, por compasión al menos inclinará a su Hijo a perdonarme”. “Míranos –exclama Eutimio–, míranos con esos tus ojos llenos de compasión, oh piadosísima Madre nuestra, porque somos tus siervos y en ti tenemos puesta toda nuestra confianza”.
EJEMPLO
Un devoto esposo y su mujer desesperada Se refiere en la cuarta parte del Tesoro del rosario que había un caballero devotísimo de la Madre de Dios que había mandado hacer en su palacio un pequeño oratorio en el que ante una hermosa imagen de la Virgen solía pasar los ratos rezando, no sólo de día, sino por la noche, interrumpiendo el descanso para ir a visitar a su amada Señora. Su esposa, dama por lo demás muy piadosa, observando que su marido, con el mayor sigilo, se levantaba del lecho, salía del cuarto y no volvía sino después de mucho tiempo, cayó la infeliz en sospechas de infidelidad. Un día, para librarse de esta espina que la atormentaba, se atrevió a preguntar a su marido si amaba a otra más que a ella. El caballero, con una sonrisa, le respondió: “Sí, claro, yo amo a la señora más amable del mundo. A ella le he entregado todo mi corazón; antes prefiero morir que dejarla de amar. Si tú la conocieras, tú misma me dirías que la amase más aún de lo que la amo”. Se refería a la santísima Virgen, a la que tan tiernamente amaba. Pero la esposa, despedazada por los celos, para cerciorarse mejor le preguntó si se levantaba de noche y salía de la estancia para encontrarse con la señora. Y el caballero, que no sospechaba la gran agitación que turbaba a su mujer, le respondió que sí. La dama, dando por seguro lo que no era verdad y ciega de pasión, una noche en que el marido, según costumbre, salió de la estancia, desesperada, tomó un cuchillo y se dio un tajo mortal en el cuello. El caballero, habiendo cumplido sus devociones, volvió a la alcoba, y al ir a entrar en el lecho lo sintió todo mojado. Llama a la mujer y no responde. La zarandea y no se mueve. Enciende una luz y ve el lecho lleno de sangre y a la mujer muerta. Por fin se dio cuenta de que ella se había matado por celos. ¿Qué hizo entonces? Volvió apresuradamente a la capilla, se postró ante la imagen de la Virgen y llorando devotamente rezó así: Madre mía, ya ves mi aflicción. Si tú no me consuelas, ¿a quién puedo recurrir? Mira que por venir a honrarte me ha sucedido la desgracia de ver a mi mujer muerta. Tú, que todo lo puedes, remédialo. ¿Y quién de los que ruegan a esta madre de misericordia con confianza no consigue lo que quiere? Después de esta plegaria siente que le llama una sirvienta y le dice: “Señor, vaya al dormitorio, que le llama la señora”. El caballero no podía creerlo por la alegría. “Vete –dijo a la doncella–, mira bien a ver si es ella la que me reclama”. Volvió la sirvienta, diciendo: “Vaya pronto, Señor, que la señora le está esperando”. Va, abre la puerta y ve a la mujer viva, que se echa a los pies llorando y le ruega que la perdone, diciéndole: “Esposo mío, la Madre de Dios, por tus plegarias, me ha librado del infierno”. Y llorando los dos de alegría fueron a agradecer a la Virgen en el oratorio. Al día siguiente mandó preparar un banquete para todos los parientes, a los que les refirió todo lo sucedido la propia mujer. Y les mostraba la cicatriz que le quedó en el cuello. Con esto, todos se inflamaron en el amor a la Virgen María.
ORACIÓN ESPERANZADA EN MARÍA
¡Madre del santo amor!
¡Vida, refugio y esperanza nuestra!
Bien sabes que tu Hijo Jesucristo,
además de ser nuestro abogado perpetuo
ante su eterno Padre
quiso también que tú fueras ante él
 intercesora nuestra para impetrarnos
las divinas misericordias.
Ha dispuesto que tus plegarias
ayuden a nuestra salvación;
les ha otorgado tan gran eficacia,
que obtienen de él cuanto le piden.

A ti, pues, acudo, Madre,
porque soy un pobre pecador.
Espero, Señora, que me he de salvar
por los méritos de Cristo y por tu intercesión.
Así lo espero, y tanto confío
que si de mí dependiera mi salvación
en tus manos la pondría,
porque más me fío de tu misericordia y protección
que de todas las obras mías.

No me abandones, Madre y esperanza mía,
como lo tengo merecido.
Que te mueva a compasión mi miseria;
socórreme y sálvame.
Con mis pecados he cerrado la puerta a las luces
y gracias que del Señor me habías alcanzado.
Pero tu piedad para con los desdichados
y el poder de que dispones ante Dios
superan al número y malicia de mis pecados.

Conozcan cielo y tierra, que el protegido por ti
jamás se pierde.
Olvídense todos de mí,
con tal de que de mí no te olvides,
Madre de Dios omnipotente.
Dile a Dios que soy tu siervo,
que me defiendes y me salvaré.
Yo me fío de ti, María;
en esta esperanza vivo
y en ella espero morir diciendo:
“Jesús es mi única esperanza, y tú,
después de Jesús, Virgen María”.


lunes, 21 de octubre de 2013

María ayuda a los pecadores

Refiere el P. Bovio que había una prostituta llamada Elena; habiendo entrado en la Iglesia, oyó casualmente una predicación sobre el rosario; al salir se compró uno, pero lo llevaba escondido para que no se lo viesen. Comenzó a rezarlo y, aunque lo rezaba sin devoción, la santísima Virgen le otorgó tales consolaciones y dulzuras al recitarlo, que ya no podía dejar de rezarlo. Con esto concibió tal horror a su mala vida, que no podía encontrar reposo, por lo cual se sintió impelida a buscar un confesor; y se confesó con tanta contrición, que éste quedó asombrado. Hecha la confesión, fue inmediatamente al altar de la santísima Virgen para dar gracias a su abogada. Allí rezó el rosario; y la Madre de Dios le habló así: “Elena, basta de ofender a Dios y a mí; de hoy en adelante cambia de vida, que yo te prometo colmarte de gracias”. La pobre pecadora, toda confusa, le respondió: “Virgen santísima, es cierto que hasta ahora he sido una malvada, pero tú, que todo lo puedes, ayúdame, a la vez que yo me consagro a ti; y quiero emplear la vida que me queda en hacer penitencia de mis pecados”. Con la ayuda de María, Elena distribuyó sus riquezas entre los pobres y se entregó a rigurosas penitencias. Se veía combatida de terribles tentaciones, pero ella no hacía otra cosa que encomendarse a la Madre de Dios, y así siempre quedaba victoriosa. Llegó a obtener gracias extraordinarias, revelaciones y profecías. Por fin, antes de su muerte, de cuya proximidad le avisó María santísima, vino la misma Virgen con su Hijo a visitarla. Y al morir fue vista el alma de esta convertida volar al cielo en forma de bellísima paloma.


viernes, 4 de octubre de 2013

4 de octubre: San Francisco de Asís

FRAGMENTO DE LA VIDA DE SAN FRANCISCO

Fue, dice Dante, como un sol que Dios puso sobre las montañas de Umbría para comunicar a la tierra luz y calor. Hijo de un rico mercader de Asís, el edén de la península itálica, creció entre las telas provenzales y los paños toscanos de la tienda paterna, en medio de la abundancia que proporciona una gran fortuna. Pronto se reveló como un hombre hábil para el negocio, "más ladino aún que su padre"; pero desperdiciador del ahorro, empezó a llamar la atención por su prodigalidad. Por sus venas corría la sangre provenzal de su madre. Ávido de goces y placeres, era el mozo más jaranero de la ciudad. Era más bajo que alto, moreno y no muy hermoso, pero con una simpatía irresistible, que le dio el cetro de la elegancia en medio de una juventud inquieta que consumía el tiempo entre el juego de los torneos caballerescos y los sutiles goces de la gaya ciencia de los trovadores.
Pero ya en ese tiempo, con el de los festines tenía otros dos amores: el de los pobres y el de la naturaleza. No era de los disipadores que no tienen un cuarto para un pordiosero, pero sí cien florines pista una fiesta. Por eso le dolió cuando, una vez, estando la tienda llena de parroquianos y él ocupado en servirlos, se despidió sin limosna a un mendigo que venía a pedirla. Desde entonces decidió socorrer a todo el que viniera a pedirle alguna cosa por amor de Dios. Instintivamente, este amor de Dios le veía como diluido en todas las cosas, y por eso, dice Tomás Celano, "causábale honda alegría la hermosura de los campos, la belleza de los viñedos, todo lo que es recreo y apacentamiento de los ojos".
A los veinte años cayó prisionero por defender a patria contra Perusa. En la cárcel asombraba a sus compañeros con sus cantos desbordantes de alegría: "No sabéis--exclamaba-- que a mi me espera un gran porvenir?" Era entonces un discípulo del entusiasmo caballeresco, embargado de visiones doradas de guerras, triunfos y principados.
A los veintidós años tuvo una enfermedad que lo puso a puertas de la muerte. Pronto empezó a observarse en él un cambio extraño. Desaparecía de casa para ocultarse en los yermos; andaba inquieto por conocer la voluntad de Dios; de prodigio, se había convertido en despreciador del dinero. Cuando no le quedaba ninguna moneda en el bolso, daba a los pobres la capa, el sombrero, el cinto y hasta la camisa. Quiso también saber lo que era pedir limosna,  y habiendo ido en peregrinación a Roma, cambió sus vestidos por los harapos de un mendigo, y empezó a pedir en francés. Dicen que hablaba en francés cuando se sentía dichoso. Esto era poco todavía. Iba una vez a caballo cuando descubrió a un leproso. Era la cosa que más le horrorizaba en el mundo. Sintió impulsos de volver atrás, pero no tardó en dominarse. Rápidamente descendió del caballo, se acercó al gafo, depositó su limosna en la mano consumida y disimulando la náusea besó los dedos cuajados de úlceras.
Los habitantes de Asís lo veían con frecuencia rezando en San Damián, pobre iglesia a las afueras de la ciudad que le gustaba por su soledad y por el gran Cristo bizantino que en ella había. Un día, este Cristo abrió los labios y el joven oyó estas palabras: "Francisco, repara mi casa". 
 

Pronto a obedecer el mandato divino, Francisco sale, coge su mula, la carga de lienzos y parte camino a Foligno. En breve tiempo encontró quien comprara los paños y la caballería. Después, presentándose al clérigo encargado de la iglesia, presentó el importe. Este proceder no podía ser muy del agrado de su padre, humillado por las extravagancias de su hijo. Lleno de rabia y de vergüenza, Bernardone encerró a Francisco en un oscuro sótano, del cual no volvió a salir hasta que lo liberó su madre en ausencia del mercader. Pedro Bernardone se presentó en la casa episcopal, querellándose de su hijo y pidiendo sus dineros. Padre e hijo comparecieron delante de la primera autoridad espiritual de la ciudad. El mozo escuchó la demanda de su padre y después, ¡maravilla única en el mundo! , retirándose a un lado, se despojó de preciosa ropa escarlata, y sereno, con brillantes ojos, llevando únicamente una faja de cerdas en la cintura, volvió a aparecer diciendo:
--Hasta ahora llamé padre a Pedro Bernardone; mas en este momento le entrego todo el dinero y los vestidos que de él tenía, así que en adelante no tendré que decir "¡Padre Pedro Bernardone!" sino "Padre Nuestro que estas en los cielos!"
Y salió del palacio con un tabardo del jardinero del obispo.
Entonces empieza una vida nueva para el magnánimo mancebo. Está finalmente convencido de que la dama de sus pensamientos no puede ser otra que la pobreza. Con ella vive en las cavernas y en los desiertos. Es un predicador de la penitencia, la paz y de la sencillez y pobreza de Cristo.
Un día de febrero de 1209, Francisco penetró con más claridad su destino al oir durante la misa aquellas palabras del Salvador: "No tengáis oro ni plata en vuestras bolsas, ni de saco para viaje, ni sandalias ni bastón". "Esto es lo que yo quiero con todas mis fuerzas", exclamó y desde entonces se le vio practicar literalmente ese consejo. En menos de un año ya lo seguía una docena de frailes y Francisco escribió para ellos una regla muy breve y sencilla aprobada por Inocencio III en 1210, y cuyos principales rasgos eran la pobreza y la humildad, reflejadas también en el título de frailes menores con que quiso que se designasen sus discípulos. En 1212, una noble joven de Asís, llamada Clara, se puso bajo su dirección con algunas compañeras, y así nació la Orden de las Pobres Clarisas. Más tarde se encontró con muchas almas buenas que deseaban imitar aquel espíritu de pobreza y penitencia en medio del mundo, y para ellas organizó su Orden Tercera.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Refutaciones al modernista creyente

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Como decíamos en la publicacion anterior el modernista creyente pone las cosas de cabeza. Mientras él afirma que la religión se basa en el sentimiento y la experiencia de cada persona, nosotros sabemos que es todo lo contrario. La religión no depende de la experiencia personal porque entonces habría tantas religiones como personas en el mundo y también, contrariamente a sus postulados, debemos afirmar que la religión puede constatarse por medio de la razón, y por medio de la razón se puede determinar cuál es la verdadera religión y por qué. Tales afirmaciones forman parte de la refutación del primer error y por ende ya han sido expuestas, pero veamos lo que encontré en el libro La religión demostrada  de P. A. Hillaire acerca de la fe y la razón.

DECRETOS DEL  CONCILIO  VATICANO  I
DE  LA  FE  Y  D  LA  RAZÓN 

“La Iglesia católica ha admitido siempre y admite que existen dos órdenes de conocimientos distintos en su principio y en su objeto: en su principio, porque en el uno conocemos por la razón natural, y en el otro, por la fe divina; en su objeto, porque, fuera de las cosas que la razón puede alcanzar, hay misterios ocultos en Dios que son presupuestos a nuestra creencia, y que no pueden ser conocidos por nosotros, si no son debidamente revelados.
”Por esto el Apóstol, que afirma que Dios fue conocido por los gentiles mediante sus obras, cuando diserta sobre la gracia y la verdad traídas por Jesucristo, dice: Predicamos la sabiduría de Dios, encerrada en el misterio, esta sabiduría oculta, a la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este mundo ha conocido, sino que Dios nos la reveló por su Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Y el Hijo Único de Dios rinde a su Padre este testimonio: que Él ha ocultado estos misterios a los sabios y a los prudentes, y los ha revelado a los pequeñuelos.
”La razón, indudablemente, iluminada por la fe, cuando busca con diligencia, piedad y moderación, adquiere, con la ayuda de Dios, una cierta inteligencia de los misterios, y esta inteligencia le es muy provechosa. La razón adquiere esta inteligencia, bien por analogía con las cosas que conoce naturalmente, o bien por los vínculos que los misterios guardan entre sí y con el fin último del hombre.
”Sin embargo, la razón jamás alcanza a penetrar los misterios de igual modo que  las  verdades  que constituyen su  objeto  propio.  Porque  los  misterios divinos por propia naturaleza, de tal manera superan la inteligencia creada que, aun después  de  trasmitirlos  por  la  revelación  y  recibidos  por  la  fe,  permanecen todavía envueltos como en una nube, mientras viajamos en esta vida mortal, lejos del Señor: Marchamos hacia Él por la fe, y no le vemos al descubierto.
”Pero aunque la fe esté sobre la razón, jamás puede existir entre la fe y la razón el menor desacuerdo ni oposición. El mismo Dios es el que revela los misterios y le infunde la fe, el que ha dado al espíritu del hombre la luz de la razón. Ahora bien, Dios no puede contradecirse a sí mismo, y la verdad jamás estará en contradicción con la verdad.
Las vanas apariencias de semejante contradicción proceden particularmente, o de que los dogmas de la fe no han sido comprendidos y expuestos en el sentido  de  la  Iglesia,  o  de  que  opiniones  falsas  son  tomadas  como  enunciados  de  la razón. Nosotros definimos pues, que toda aserción contraria a la verdad conocida por la fe es absolutamente falsa. La Iglesia que ha recibido, con la misión apostólica de enseñar, la orden de guardar el depósito de la fe, tiene también la misión y el derecho divino de proscribir toda falsa ciencia para que nadie sea engañado por la filosofía y las vanas sutilezas...
Y no solamente la fe y la razón no pueden jamás estar en pugna, sino que se prestan mutuo apoyo, puesto que la razón demuestra los fundamentos de la fe, e ilumina por su luz, cultiva y desarrolla la ciencia de las cosas divinas. La fe, por su parte, libra y preserva a la razón de los errores y la enriquece de amplios conocimientos. Tan lejos está la Iglesia de oponerse al estudio de las artes y de las ciencias, que, al contrario, favorece este estudio y lo hace progresar de mil maneras.
”La  Iglesia  no  ignora  ni  desprecia  las  ventajas  que  las ciencias  y  las  artes procuran al hombre. Más todavía: reconoce que así como estas grandes cosas vienen de Dios, Señor de las ciencias, así también, si se las cultiva como conviene, deben, con el auxilio de la gracia, llevarnos a Dios. La Iglesia no prohíbe en manera alguna que cada una de estas ciencias se sirva en su esfera de sus propios principios y de su método; pero reconociendo esta legítima libertad, vigila que las ciencias no adopten errores que los pongan en oposición con la doctrina divina”.
La revelación no ha sido propuesta al espíritu humano como un descubrimiento filosófico susceptible de perfeccionamiento, sino como un depósito que debe ser fielmente guardado. El sentido fijado a cada dogma por una primera definición de la Iglesia es infalible e invariable. La inteligencia, la ciencia, la sabiduría de
cada uno y de todos pueden progresar indefinidamente, pero sin apartarse de la unidad del dogma."

Y forzosamente debe ser así para que la religión tenga sentido, de lo contrario, si no hubiera un depósito de fe a prueba de error, cada quien podría interpretar la religión y sucedería lo mismo que si en un país cada quien interpretara las leyes a su arbitrio. Sobrevendría, en fin, el caos total.

Así las cosas, podemos también probar la divinidad de la religión cristiana y, desde luego la divinidad de Jesucristo.

Pietro Perugino: Jesus Handing the Keys to Peter

¿Cómo sabemos que la religión cristiana es divina?
R. Lo sabemos por señales ciertas e infalibles, como son las siguientes:
El cumplimiento de las antiguas profecías en la persona de Jesucristo. Ejemplo: 
Milagros del Mesías. – Según la profecía de Isaías, Cristo debía confirmar su doctrina con milagros: Dios mismo vendrá y os salvará. Entonces, los ojos de los ciegos serán abiertos, los sordos oirán, el cojo saltará como un ciervo, y la lengua de los mudos será desatada. Y tales fueron los milagros de Jesucristo. 
La Pasión de Cristo. – Todos los pormenores de la Pasión habrían sido anunciados con mucha anticipación: basta indicar las principales profecías. Zacarías predice la entrada triunfal del Mesías en Jerusalén y los treinta dineros entregados al traidor.
David en el salmo 21, describe la pasión del Mesías, y le presenta oprimido de ultrajes, rodeado por un populacho que le insulta; tan deshecho por los golpes recibidos, que se le pueden contar todos los huesos; ve sus manos y sus pies traspasados, sus vestiduras repartidas, su túnica sorteada, etc.
Isaías muestra al Mesías cubierto de oprobios, convertido en el varón de dolores, llevado al suplicio como un cordero sin exhalar una queja... El profeta tiene cuidado de afirmar hasta doce veces que Cristo sufre por expiar los pecados de los hombres. Él es  nuestro  rescate,  nuestra  víctima,  nuestro  Redentor.  El  capítulo LIII  de  Isaías, como el Salmo XXI, no tiene aplicación más que a Nuestro Señor Jesucristo; luego, Él es el Redentor prometido.
2° Los milagros magníficos obrados por el Salvador. Ejemplos: Milagros sobre la naturaleza inanimada: Jesucristo convierte el agua en vino en las bodas de Caná; dos veces multiplica el pan para alimentar a las muchedumbres; con su palabra calma las tempestades, etc.
Milagros  sobre  las  enfermedades:  Jesucristo  sana  toda  clase  de  enfermos;  devuelve la vista a los ciegos, el oído a los sordos, la palabra a los mudos, el uso de los miembros a los paralíticos, etc.

3° El gran milagro de la Resurrección.
El Salvador se muestra vivo:
1. A María Magdalena. 
2. A las santas mujeres que regresaban del sepulcro.
3. A Santiago y a San Pedro, Príncipe de los apóstoles.
4. A los dos discípulos de Meaux, el día de Pascua.
5. La noche del mismo día, a los apóstoles reunidos en el Cenáculo, estando ausente Tomás.
6. Ocho días más tarde, a los mismos apóstoles, reunidos todos en el Cenáculo con Santo Tomás.
7. A cinco apóstoles y a dos discípulos en el lago de Genezaret.
8. En Galilea, a más de quinientas personas reunidas en el Tabor.
9. A los apóstoles reunidos en Jerusalén con muchos discípulos. Con ellos sube al monte de los Olivos, de donde se eleva al cielo en presencia de ciento veinte testigos.
10. Finalmente, se muestra a Saulo, en el camino de Damasco, y este ardiente perseguidor de la Iglesia se convierten San Pablo, el apóstol de las gentes. 


Caravaggio: Doubting Thomas4° Las profecías hechas por Jesucristo y perfectamente realizadas. 
1. Respecto de su persona, su pasión, su muerte y su resurrección.
2. En cuanto a sus discípulos, la traición de Judas, la triple negación de Pedro, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, los futuros milagros de éstos, sus padecimientos y su martirio.
 3. Respecto de los judíos, la ruina de Jerusalén, la destrucción del templo y la dispersión del pueblo judío.
4. Acerca de su Iglesia, la predicación del Evangelio en todo el universo, la conversión de los pueblos y la duración hasta el fin de los tiempos de la Iglesia.
5° El establecimiento milagroso de la religión cristiana, en contra de grandes obstáculos políticos, geográficos, lingüísticos, persecusiones y todo en manos de hombres de origen humilde y sin preparación, cuya única arma era la fe. 
"Si dijeras que nadie ha visto milagros, te respondo: Es sabido que el mundo entero daba culto a los ídolos y perseguía la fe de Cristo, según narran hasta los mismos historiadores paganos; pero ahora se han convertido a Cristo todos, sabios, nobles, ricos, poderosos y grandes, ante la predicación de unos sencillos, pobres y escasos predicadores  de  Cristo.   O  se   ha   realizado   esto  con  milagros,  o   sin   ellos.  Si   con milagros, ya tienes la respuesta. Si sin ellos, diré que no pudo darse milagro mayor que el que el mundo entero se convirtiese sin milagros. No necesitamos más." (Santo Tomás de Aquino)

6° La fidelidad y el número de sus mártires.  La historia testifica que millones de hombres testigos de los milagros de Jesucristo o de los apóstoles, afrontaron los suplicios y la muerte antes que renegar
de su religión. No pudieron proceder así sin estar convencidos de la realidad de los hechos que sirven de fundamento al Cristianismo.
La  constancia  de  los  mártires  en  los  suplicios  es  superior  a  las  fuerzas humanas. Su valor no puede venir sino de Dios: ellos lo declaran, los paganos los reconocen, y Dios lo confirma con milagros. 










7° Los frutos admirables producidos por el Cristianismo. Habituados a vivir en un mundo saturado de ideas cristianas, atribuimos al progreso del espíritu humano lo que hay de bueno en nuestros conocimientos, en nuestras costumbres, en nuestras leyes, en nuestra civilización: es una ilusión. Para caer en la cuenta de la verdad, basta considerar lo que era el mundo antes de la venida de Jesucristo, después de cuatro mil años de razón, de filosofía y de progreso humano.
8° La excelencia verdaderamente divina de la doctrina de Jesucristo. Ejemplo: La moral cristiana explica perfectamente toda la ley natural y le añade algunos preceptos positivos de mucha importancia. Reglamenta todos los deberes del hombre para con Dios, para con el prójimo y para consigo mismo. Proscribe toda falsa, incluso el mal pensamiento voluntario; impone todas las virtudes, y da consejos muy apropiados para llegar a la más alta perfección.

 ¿Por qué debemos creer que Nuestro Señor Jesucristo es Dios?
R. Debemos creer que Jesucristo es Dios, porque Él lo revela con sus palabras y lo prueba con sus obras.
1º Jesucristo nació como Dios; 2º, habló como Dios; 3º, obró como Dios; 4º, murió como Dios; 5º, resucitó como Dios; 6º, reina como Dios; 7º, se sobrevive como Dios.
Para averiguar lo que es un hombre, parece natural empezar preguntándole, como los judíos a San Juan Bautista: ¿Quién eres tú? ¿Qué dices de ti mismo? Reservándose el ver después si sus obras y su vida están conformes con su respuesta.
A esta pregunta, Jesús responde de una manera categórica:  Yo no soy solamente un Enviado de Dios para revelar a la tierra las voluntades del cielo, sino que soy el Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Lo dijo a sus discípulos, a sus enemigos, al pueblo judío, al mundo entero por medio de sus apóstoles y a los siglos venideros por medio de su Iglesia.
1º Hemos probado ya que Jesucristo es un Enviado de Dios, encargado de instruir a los hombres. Que se debe creer en la palabra de un Enviado de Dios es indudable; pero como Jesucristo  nos revela formalmente que Él es el Hijo de Dios, no  solamente  por  adopción  como  nosotros, sino  por  naturaleza,  debemos  inferir que verdaderamente es Dios.
2º Por si esta afirmación no bastara, Jesucristo lo prueba con sus obras:
a)   Con sus milagros tan numerosos y tan ciertos.
b)   Con sus profecías perfectamente realizadas.
c)   Con la santidad de su doctrina y de su vida.
d)   Con su reinado inmortal sobre las almas.
e)   Con el establecimiento y conservación de su Iglesia.