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miércoles, 4 de septiembre de 2013

Refutación del primer error

Fragmentos del libro El criterio de Jaime Balmes.


Capítulo XXI

Religión
§ I
Insensato discurrir de los indiferentes en materia de religión
     Impropio fuera de este lugar un tratado de religión, pero no lo serán algunas reflexiones para dirigir el pensamiento en esta importantísima materia. De ella resultará que los indiferentes o incrédulos son pésimos pensadores.
     La vida es breve, la muerte cierta; de aquí a pocos años el hombre que disfruta de la salud más robusta y lozana habrá descendido al sepulcro y sabrá por experiencia lo que hay de verdad en lo que dice la religión sobre los destinos de la otra vida. Si no creo, mi incredulidad, mis dudas, mis invectivas, mis sátiras, mi indiferencia, mi orgullo insensato no destruyen la realidad de los hechos; si existe otro mundo donde se reservan premios al bueno y castigos al malo, no dejará ciertamente de existir porque a mí me plazca el negarlo, y, además, esta caprichosa negativa no mejorará el destino que, según las leyes eternas, me haya de caber. Cuando suene la última hora será preciso morir y encontrarme con la nada o con la eternidad. Este negocio es exclusivamente mío, tan mío como si yo existiera solo en el mundo; nadie morirá por mí, nadie se pondrá en mi lugar en la otra vida privándome del bien o librándome del mal. Estas consideraciones me muestran con toda evidencia la alta importancia de la religión, la necesidad que tengo de saber lo qué hay de verdad en ella, y que si digo: «Sea lo que fuere de la religión, ni quiero pensar en ella», hablo como el más insensato de los hombres.
     Un viajero encuentra en su camino un río caudaloso; le es preciso atravesarle, ignora si hay algún peligro en este o aquel vado, y está oyendo que muchos que se hallan como él a la orilla ponderan la profundidad del agua en determinados lugares y la imposibilidad de salvarse el temerario que a tantearlos se atreviese. El insensato dice: «¿Qué me importan a mí esas cuestiones?» y se arroja al río sin mirar por dónde. He aquí el indiferente en materias de religión.
§ II
El indiferente y el género humano
     La humanidad entera se ha ocupado y se está ocupando de la religión; los legisladores la han mirado como el objeto de la más alta importancia; los sabios la han tomado por materia de sus más profundas meditaciones; los monumentos, los códigos, los escritos de las épocas que nos han precedido nos muestran de bulto este hecho que la experiencia cuida de confirmar; se ha discurrido y disputado inmensamente sobre la religión; las bibliotecas están atestadas de obras relativas a ella, y hasta en nuestros días la Prensa va dando otras a luz en número muy crecido; cuando, pues, viene el indiferente y dice: «Todo esto no merece la pena de ser examinado; yo juzgo sin oír: estos sabios son todos unos mentecatos; éstos legisladores, unos necios; la humanidad entera es una miserable ilusa; todos pierden lastimosamente el tiempo en cuestiones que nada importan», ¿no es digno de que esa humanidad, y esos sabios, y esos legisladores se levanten contra él, arrojen sobre su frente el borrón que él les ha echado y le digan a su vez: «¿Quién eres tú, que así nos insultas, que así desprecias los sentimientos más íntimos del corazón y todas las tradiciones de la humanidad; que así declaras frívolos lo que en toda la redondez de la tierra se reputa grave e importante? ¿Quién eres tú? ¿Has descubierto, por ventura, el secreto de no morir? Miserable montón de polvo, ¿olvidas que bien pronto te dispersará el viento? Débil criatura, ¿cuentas acaso con medios para cambiar tu destino en esa región que desconoces? La dicha o la desdicha, ¿son para ti indiferentes? Si existe ese juez, de quien no quieres ocuparte, ¿esperas que se dará por satisfecho si al llamarte a juicio le respondes: «¿Y a mi qué me importaban vuestros mandatos ni vuestra misma existencia?» Antes de desatar tu lengua con tan insensatos discursos date una mirada a ti mismo, piensa, en esa débil organización que el más leve accidente, es capaz de trastornar, y que brevísimo tiempo ha de bastar a consumir, y entonces siéntate sobre una tumba, recógete y medita.»
§ III
Tránsito del indiferentismo al examen. -Existencia de Dios
     Curado el buen pensador de achaque del indiferentismo, convencido profundamente de que la religión es el asunto de más elevada importancia, debiera pasar más adelante y discurrir de esta manera: «¿Es probable que todas las religiones no sean más que un cúmulo de errores y que la doctrina que las rechaza a todas sea verdadera?»
     Lo primero que las religiones establecen o suponen es la existencia de Dios. ¿Existe Dios? ¿Existe algún Hacedor del Universo? Levanta los ojos al firmamento, tiéndelos por la faz de la tierra, mira lo que tú mismo eres, y viendo por todas partes grandor y orden di, si te atreves: «El acaso es quien ha hecho el mundo; el acaso me ha hecho a mí; el edificio es admirable, pero no hay arquitecto; el mecanismo es asombroso, pero no hay artífice; el orden existe sin ordenador, sin sabiduría para concebir el plan, sin poder para ejecutarle.» Este raciocinio, que tratándose de los más insignificantes artefactos sería despreciable y hasta contrario al sentido común, ¿se podrá aplicar al universo? Lo que es insensato con respecto a lo pequeño, ¿será cuerdo con relación a lo grande?
§ IV
No es posible que todas las religiones sean verdaderas
     Son muchas y muy varias las religiones que dominan en los diferentes puntos de la tierra; ¿sería posible que todas fuesen verdaderas? El sí y el no, con respecto a una misma cosa, no puede ser verdadero a un mismo tiempo. Los judíos dicen que el Mesías no ha venido; los cristianos, que sí; los musulmanes respetan a Mahoma como insigne profeta; los cristianos le miran como solemne impostor; los católicos sostienen que la Iglesia es infalible en puntos de dogma y de moral; los protestantes lo niegan; la verdad no puede estar por ambas partes, unos u otros se engañan. Luego es un absurdo el decir que todas las religiones son verdaderas.
     Además, toda religión se dice bajada del cielo; la que lo sea será la verdadera, las restantes no serán otra cosa que ilusión o impostura.
§ V
Es imposible que todas las religiones sean igualmente agradables a Dios
     ¿Es posible que todas las religiones sean igualmente agradables a Dios y que se dé igualmente por satisfecho con todo linaje de cultos? No. A la verdad infinita no puede serle acepto el error, a la bondad infinita no puede serle grato el mal; luego, al afirmar que todas las religiones son igualmente buenas, que con todos los cultos el hombre llena bien sus deberes para con Dios, es blasfemar de la verdad y bondad del Criador.
§ VI
Es imposible que todas las religiones sean una invención humana
     ¿No sería lícito pensar que no hay ninguna religión verdadera, que todas son inventadas por el hombre? No. ¿Quién fue el inventor? El origen de las religiones se pierde en la noche de los tiempos: allí donde hay hombres, allí hay sacerdote, altar y culto. ¿Quién será ese inventor, cuyo nombre se habría olvidado, y cuya invención se habría difundido por toda la tierra, comunicándose a todas las generaciones? Si la invención tuvo lugar entre pueblos cultos, ¿cómo se logró que la adoptasen los bárbaros y hasta los salvajes? Si nació entre bárbaros, ¿cómo no la rechazaron las naciones cultas? Diréis que fue una necesidad social y que su origen está en la misma cuna de la sociedad. Pero entonces se puede preguntar: ¿Quién conoció esta necesidad, quién discurrió los medios de satisfacerla, quién excogitó un sistema tan a propósito para enfrenar y regir a los hombres? Y una vez hecho el descubrimiento, ¿quién tuvo en su mano todos los entendimientos y todos los corazones para comunicarles esas ideas y sentimientos que han hecho de la religión una verdadera necesidad y, por decirlo así, una segunda naturaleza?
     Vemos a cada paso que los descubrimientos más útiles, más provechosos, más necesarios permanecen limitados a esta o aquella nación, sin extenderse a las otras durante mucho tiempo y no propagándose sino con suma lentitud a las más inmediatas o relacionadas; ¿cómo es que no haya sucedido lo mismo en lo tocante a la religión? ¿Cómo es que en la invención maravillosa hayan tenido conocimiento todos los pueblos de la tierra, sea cual fuere su país, lengua, costumbres, barbarie o civilización, grosería o cultura?
     Aquí no hay medio: o la religión procede de una revelación primitiva o de una inspiración de la naturaleza; en uno y otro caso, hallamos su origen divino; si hay revelación, Dios ha hablado al hombre; si no la hay, Dios ha escrito la religión en el fondo de nuestra alma. Es indudable que la religión no puede ser invención humana, y que, a pesar de lo desfigurada y adulterada que la vemos en diferentes tiempos y países, se descubre en el fondo del corazón humano un sentimiento descendido de lo alto; al través de las monstruosidades que nos presenta la Historia columbramos la huella de una revelación primitiva.
§ VII
La revelación es posible
     ¿Es posible que Dios haya revelado algunas cosas al hombre? Sí. Él, que nos ha dado la palabra, no estará privado de ella; si nosotros poseemos un medio de comunicarnos recíprocamente nuestros pensamientos y afectos, Dios, todopoderoso e infinitamente sabio, no carecerá seguramente de medios para transmitirnos lo que fuere de su agrado. Ha criado la inteligencia, ¿y no podría ilustrarla?
§ VIII
Solución de una dificultad contra la revelación
     Pero Dios, objetará el incrédulo, es demasiado grande para humillarse a conversar con su criatura; mas entonces también deberíamos decir que Dios es demasiado grande para haberse ocupado en criarnos. Criándonos nos sacó de la nada; revelándonos alguna verdad perfecciona su obra; ¿y cuándo se ha visto que un artífice desmereciese por mejorar su artefacto? Todos los conocimientos que tenemos nos vienen de Dios, porque Él es quien os ha dado la facultad de conocer, y Él es quien o ha grabado en nuestro entendimiento las ideas o ha hecho que pudiéramos adquirirlas por medios que todavía se nos ocultan. Si Dios nos ha comunicado un cierto orden de ideas, sin que nada haya perdido de su grandor, es un absurdo el decir que se rebajaría si nos transmitiese otros conocimientos por conducto distinto del de la naturaleza. Luego la revelación es posible, luego quien dudare de esta posibilidad ha de dudar al mismo tiempo de la omnipotencia, hasta de la existencia de Dios.
§ IX
Consecuencia de los párrafos anteriores
     Importa muchísimo el encontrar la verdad en materias de religión (§§ I y II); todas las religiones no pueden ser verdaderas (§ IV); si hubiese una revelada por Dios, aquélla sería la verdadera (§ V); la religión no ha podido ser invención humana (§ VI); la revelación es posible (§ VII); lo que falta, pues, averiguar es si esta revelación existe y dónde se halla.
§ X
Existencia de la revelación
     ¿Existe la revelación? Por el pronto salta a los ojos un hecho que da motivo a pensar que sí. Todos los pueblos de la tierra hablan de una revelación, y la humanidad no se concierta para tramar una impostura. Esto prueba una tradición primitiva, cuya noticia ha pasado de padres a hijos, y que, si bien ofuscada y adulterada, no ha podido borrarse de la memoria de los hombres.
     Se objetará que la imaginación ha convertido en voces el ruido del viento y en apariciones misteriosas los fenómenos de la Naturaleza, y así el débil mortal se ha creído rodeado de seres desconocidos que le dirigían la palabra, y le descubrían los arcanos de otros mundos. No puede negarse que la objeción es especiosa; sin embargo, no será difícil manifestar que es del todo insubsistente y fútil.
     Es cierto que cuando el hombre tiene idea de la existencia de seres desconocidos, y está convencido de que éstos se ponen en relación con él, fácilmente se inclina a imaginar que ha oído acentos fatídicos y se han ofrecido a sus ojos espectros venidos del otro mundo. Mas no sucede ni puede suceder así en no abrigando el hombre semejante convicción, y mucho menos si ni aun llega a tener noticia de que existen dichos seres, pues entonces no es dable conjeturar de dónde procedería una ilusión tan extravagante. Si bien se observa, todas las creaciones de nuestra fantasía, hasta las más incoherentes y monstruosas, se forman de un conjunto de imágenes de objetos que otras veces hemos visto y que a la sazón reunimos del modo que place a nuestro capricho o nos sugiere nuestra cabeza enfermiza. Los castillos encantados de los libros de caballería, con sus damas enanos, salones, subterráneos, hechizos y todas sus locuras, son un informe agregado de partes muy reales que la imaginación del escritor componía a su manera, sacando al fin un todo que sólo cambia en los sueños de un delirante. Lo propio sucede en lo demás; la razón y la experiencia están acordes en atestiguarnos este fenómeno ideológico. Si suponemos, pues, que no se tiene idea alguna de otra vida distinta de la presente, ni de otro mundo que el que está a nuestra vista, ni de otros vivientes que los que moran con nosotros en la tierra, el hombre fingirá gigantes, fieras monstruosas y otras extravagancias por este estilo, mas no seres invisibles, no revelaciones de un cielo que no conoce, no dioses que le ilustren y dirijan. Ese mundo nuevo, ideal, puramente fantástico, no le ocurrirá siquiera, porque semejante ocurrencia no tendrá, por decirlo así, punto de partida, carecerá de antecedentes que puedan motivarla. Y aun suponiendo que este orden de ideas se hubiese ofrecido a algún individuo, ¿cómo era posible que de ello participase la humanidad entera? ¿Cuándo se habrá visto semejante contagio intelectual y moral?
     Sea lo que fuere del valor de estas reflexiones, pasemos a los hechos; dejemos lo que haya podido ser y examinemos lo que ha sido.
§ XI
Pruebas históricas de la existencia de la revelación
     Existe una sociedad que pretende ser la única depositaria e intérprete de las revelaciones con que Dios se ha dignado favorecer al linaje humano; esta pretensión debe llamar la atención del filósofo que se proponga investigar la verdad.
     ¿Qué sociedad es ésa? ¿Ha nacido de poco tiempo a esta parte? Cuenta dieciocho siglos de duración, y estos siglos no los mira sino como un periodo de su existencia, pues subiendo más arriba va explicando su no interrumpida genealogía y se remonta hasta el principio del mundo. Que lleva dieciocho siglos de duración, que su historia se enlaza con la de un pueblo cuyo origen se pierde en la antigüedad más remota es tan cierto como que han existido las repúblicas de Grecia y Roma.
     ¿Qué títulos presenta en apoyo de su doctrina? En primer lugar, está en posesión de un libro que es, sin disputa, el más antiguo que se conoce, y que además encierra la moral más pura, un sistema de legislación admirable y contiene una narración de prodigios. Hasta ahora nadie ha puesto en duda el mérito, eminente, de este libro, siendo esto tanto más de extrañar cuanto una gran parte de él nos ha venido de manos de un pueblo cuya cultura no alcanzó ni con mucho a la de otros pueblos de la antigüedad.
     ¿Ofrece la dicha sociedad algunos otros títulos que justifiquen sus pretensiones? A más de los muchos, a cuál más graves e imponentes, he aquí uno que por sí solo basta. Ella dice que se hizo la transición de la sociedad vieja a la nueva del modo que estaba pronosticado en el libro misterioso; que llegada la plenitud de los tiempos apareció sobre la tierra un Hombre-Dios, quien fue a la vez el cumplimiento de la ley antigua y el autor de la nueva; que todo lo antiguo era una sombra y figura, que este Hombre-Dios fue la realidad; que Él fundó la sociedad que apellidamos Iglesia católica, le prometió su asistencia hasta la consumación de los siglos, selló su doctrina con su sangre, resucitó al tercer día de su crucifixión y muerte, subió a los cielos, envió al Espíritu Santo, y que al fin del mundo ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.
     ¿Es verdad que en este Hombre se cumpliesen las antiguas profecías? Es innegable; leyendo algunas de ellas parece que uno está leyendo la historia evangélica.
     ¿Dio algunas pruebas de la divinidad de su misión? Hizo milagros en abundancia, y cuanto él profetizó o se ha cumplido exactamente o se va cumpliendo con puntualidad asombrosa.
     ¿Cuál fue su vida? Sin tacha en su conducta, sin límite para hacer el bien. Desprecio las riquezas y el poder mundano, arrostró con serenidad las privaciones, los insultos, los tormentos y, por fin, una muerte afrentosa.
     ¿Cuál es su doctrina? Sublime cual no cupiera jamás en mente humana; tan pura en su moral, que le han hecho justicia sus más violentos enemigos.
     ¿Qué cambio social produjo este Hombre? Recordad lo que era el mundo romano y ved lo que es el mundo actual; mirad lo que son los pueblos donde no ha penetrado el cristianismo y lo que son aquellos que han estado siglos bajo su enseñanza y la conservan todavía, aunque algunos alterada y desfigurada.
     ¿De qué medios dispuso? No tenía donde reclinar su cabeza. Envió a doce hombres salidos de la ínfima clase del pueblo; se esparcieron por los cuatro ángulos de la tierra, y la tierra los oyó y creyó.
     Esta religión, ¿ha pasado por el crisol de la desgracia? ¿No ha sufrido contrariedad de ninguna clase? Ahí está la sangre de infinitos mártires, ahí los escritos de numerosos filósofos que la han examinado, ahí los muchos monumentos que atestiguan las tremendas luchas que ha sostenido con los príncipes, con los sabios, con las pasiones, con los intereses, con las preocupaciones, con todos cuantos elementos de resistencia pueden combinarse sobre la tierra.
     ¿Dé qué medios se valieron los propagadores del cristianismo? De la predicación y del ejemplo, confirmados por los milagros. Estos milagros la crítica más escrupulosa no puede rechazarlos, que si los rechaza poco importa, pues entonces confiesa el mayor de los milagros, que es la conversión del mundo sin milagros.
     El cristianismo ha contado entre sus hijos a los hombres más esclarecidos por su virtud y sabiduría; ningún pueblo antiguo ni moderno se ha elevado, a tan alto grado de civilización y cultura como los que le han profesado; sobre ninguna religión se ha disputado ni escrito tanto como sobre la cristiana; las bibliotecas están llenas de obras maestras de crítica y filosofía debidas a hombres que sometieron humildemente su entendimiento en obsequio de la fe; luego esa religión está a cubierto de los ataques que se pueden dirigir contra las que han nacido y prosperado entre pueblos groseros e ignorantes. Ella tiene, pues, todos los caracteres de verdadera, de divina.
§ XII
Los protestantes y la Iglesia católica
     En los últimos siglos los cristianos se han dividido: unos han permanecido adictos a la Iglesia católica, otros han conservado del cristianismo lo que les ha parecido bien, y a consecuencia del principio fundamental que han asentado y que entrega la fe a discreción de cada creyente se han fraccionado en innumerables sectas.
     ¿Dónde estará la verdad? Los fundadores de las nuevas sectas son de ayer; la Iglesia católica señala la sucesión de sus pastores, que sube hasta Jesucristo; ellos han enseñado diferentes doctrinas, y una misma secta las ha variado repetidas veces; la Iglesia católica ha conservado intacta la fe que le transmitieron los apóstoles; la novedad y la variedad se hallan, pues, en presencia de la antigüedad y de la unidad; el fallo no puede ser dudoso.
     Además, los católicos sostienen que fuera de la Iglesia no hay salvación; los protestantes afirman que los católicos también pueden salvarse, y así ellos mismos reconocen que entre nosotros nada se cree ni practica que pueda acarrearnos la condenación eterna. Ellos, en favor de su salvación, no tienen sino un voto; nosotros, en pro de la nuestra, tenemos el suyo y el nuestro; aun cuando juzgáramos solamente por motivos de prudencia humana, ésta nos aconseja que no abandonásemos la fe de nuestros padres.
     En esta breve reseña se contiene el hilo del discurso de un católico, que, conforme a lo que dice San Pedro, quiera estar preparado para dar cuenta de su fe, y manifestar que, ateniéndose a la católica, no se desvía de las reglas de bien pensar. Ahora añadiré algunas observaciones que sirvan a prevenir peligros en que zozobra con harta frecuencia la fe de los incautos.
§ XIII
Errado método de algunos impugnadores de la religión
     En el examen de las materias religiosas siguen muchos un camino errado. Toman por objeto de sus investigaciones un dogma, y las dificultades que contra él levantan las creen suficientes para destruir la verdad de la religión o, al menos, para ponerla en duda. Eso es proceder de un modo que atestigua cuán poco se ha meditado sobre el estado de la cuestión.
     En efecto; no se trata de saber si los dogmas están al alcance de nuestra inteligencia, ni si damos completa solución a todas las dificultades que contra este o aquel puedan objetarse; la religión misma es la primera en decirnos que estos dogmas no podemos comprenderlos con la sola luz de la razón; que mientras estamos en esta vida es necesario que nos resignemos a ver los secretos de Dios al través de sombras y enigmas, y por esto nos exige la fe. El decir, pues, «yo no quiero creer porque no comprendo» es enunciar una contradicción; si lo comprendieses todo, claro es que no se te hablaría de fe. El argumento contra la religión fundándose en la incomprensibilidad de sus dogmas es hacerle un cargo de una verdad que ella misma reconoce, que acepta, y sobre la cual, en cierto modo, hace estribar su edificio. Lo que se ha de examinar es si ella ofrece garantías de veracidad y de que no se engaña en lo que propone; asentado el principio de su infalibilidad, todo lo demás se allana por sí mismo, pero si éste nos falta es imposible dar un paso adelante. Cuando un viajero de cuya inteligencia y veracidad no podemos dudar nos refiere cosas que no comprendemos, ¿por ventura le negarernos nuestra fe? No, ciertamente. Luego, una vez asegurados de que la Iglesia no nos engaña, poco importa que su enseñanza sea superior a nuestra inteligencia.
     Ninguna verdad podría subsistir si bastasen a hacernos dudar de ella algunas dificultades que no alcanzásemos a desvanecer. De esto se seguiría que un hombre de talento esparciría la incertidumbre sobre todas las materias cuando se encontrase con otros que no le igualasen en capacidad, porque es bien sabido que en mediando esta indiferencia no le es dado al inferior deshacerse de los lazos con que le enreda el que le aventaja.
     En las ciencias, en las artes, en los negocios comunes de la vida hallamos a cada paso dificultades que nos hacen incomprensible una cosa de cuya existencia no nos es permitido dudar. Sucede a veces que la cosa no comprendida nos parece rayar en lo imposible; mas si por otra parte sabemos que existe, nos guardamos de declararla tal, y, conservando la convicción de su existencia, recordamos el poco alcance de nuestro entendimiento. Nada más común que oír: «No comprendo lo que ha contado fulano, me parece imposible; pero, en fin, es hombre veraz y que sabe lo que dice; si otro lo refiriera no lo creería, pero ahora no pongo duda en que la cosa es tal como él la afirma.»
§ XIV
La más alta filosofía, acorde con la fe
     Imagínanse algunos que se acreditan de altos pensadores cuando no quieren creer lo que no comprenden, y éstos justifican el famoso dicho de Bacon: «Poca filosofía aparta de la religión; mucha filosofía conduce a ella.» Y a la verdad, si se hubiesen internado en las profundidades de las ciencias, conocieran que un denso velo encubre a nuestros ojos la mayor parte de los objetos, que sabemos poquísimo de los secretos de la Naturaleza, que hasta de las cosas en apariencia más fáciles de comprender se nos ocultan por lo común los principios constitutivos, su esencia; conocieran que ignoramos lo que es este universo que nos asombra, que ignoramos lo que es nuestro cuerpo, que ignoramos lo que es nuestro espíritu, que nosotros somos un arcano a nuestros propios ojos, y que hasta ahora todos los esfuerzos de la ciencia han sido impotentes para explicar los fenómenos que constituyen nuestra vida, que nos hacen sentir nuestra existencia; conocieran que el más precioso fruto que se recoge en las regiones filosóficas más elevadas es una profunda convicción de nuestra debilidad e ignorancia. Entonces infirieran que esa sobriedad en el saber recomendada por la religión cristiana, esa prudente desconfianza de las fuerzas de nuestro entendimiento están de acuerdo, con las lecciones de la más alta filosofía, y que así el Catecismo nos hace llegar desde nuestra infancia al punto más culminante que señalara a la ciencia la sabiduría humana.
§ XV
Quien abandona la religión católica no sabe dónde refugiarse
     Hemos seguido el camino que puede conducir a la religión católica; echemos una ojeada sobre el que se presenta si nos apartamos de ella. Al abandonar la fe de la Iglesia, ¿dónde nos refugiamos? Si en el protestantismo, ¿en cuál de sus sectas? ¿Qué motivos de preferencia nos ofrece la una sobre la otra? Discernirlo será imposible, abrazar a ciegas una cualquiera nos lo será todavía más, y, por otra parte, esto equivaldría a no profesar ninguna. Si en el filosofismo, ¿qué es el filosofisino incrédulo? Es una negación de todo, las tinieblas, la desesperación. ¿Andaremos en busca de otras religiones? Ciertamente que ni el islamismo ni la idolatría no nos contarán entre sus adeptos.
     Abandonar, pues, la religión católica será abjurarlas todas, será tomar el partido de vivir sin ninguna; dejar que corran los años, que nuestra vida se acerque a su término fatal, sin guía para lo presente, sin luz para el porvenir; será taparse los ojos, bajar la cabeza y arrojarse a un abismo sin fondo.
     La religión católica nos ofrece cuantas garantías de verdad podemos desear. Ella, además, nos impone una ley suave, pero recta, justa, benéfica; cumpliéndola nos asemejamos a los ángeles, nos acercamos a la belleza ideal que para la Humanidad puede excogitar la más elevada poesía. Ella nos consuela en nuestros infortunios y cierra nuestros ojos en paz; se nos presenta tanto más verdadera y cierta cuanto más nos aproximamos al sepulcro. ¡Ah, la bondadosa Providencia habrá colocado al borde de la tumba aquellas santas inspiraciones, como heraldos que nos avisaran de que íbamos a pisar los umbrales de la eternidad!

Primer error: el agnosticismo

El modernista como filósofo


Decíamos ya en la entrada anterior que el enemigo interno de la Iglesia reúne a los siguientes personajes:  al filósofo, al creyente,  al apologista, al reformador. Empecemos pues a describir a cada uno.

 Comencemos por el filósofo. Los modernistas establecen,  como base de su filosofía  religiosa, la doctrina comúnmente  llamada agnosticismo, según la cual razón humana no posee facultad  ni derecho de franquear  los límítes  de los fenómenos visibles. Por lo tanto,  es incapaz de conocer a Dios y, por lo que a la historia se refiere, Dios de ningún  modo puede ser sujeto de la misma. 

Ahora bien, los modernistas pasan del agnosticismo, que no es sino 
ignorancia, al ateísmo científico  e histórico, cuyo carácter total es
la negación; y, en consecuencia, hacen el tránsito a explicar esa misma historia con independencia de Dios. Así, es indudable que los modernistas tienen  establecida y fija una cosa, a saber: que la ciencia debe ser atea, y lo mismo la historia; en la esfera de una y otra no admiten sino fenómenos:  Dios y lo divino quedan desterrados. 

El aspecto positivo del agnosticismo está constituido por la llamada inmanencia  vital. Ellos pasan de la negación a la inmanencia vital del siguiente modo: No importa si la religión es natural o sobrenatural, lo que importa es que exige una explicación. Pero recordemos que los agnósticos y ateos ya han cerrado todo acceso a la revelación y a los motivos para creer en ella; es decir, como según ellos es IMPOSIBLE conocer a Dios, resulta claro que nunca el hombre podrá encontrar la explicación apatecida. Entonces,  
la explicación ha de hallarse  exclusivamente  en la vida misma del hombre. Por tal procedimiento se llega a establecer el principio de la inmanencia religiosa. 

Inmanente quiere decir que es inherente a algún ser o que es inseparable a éste. En otras palabras, la religión, según esta filosofía, quedaría reducida a un impulso inherente al ser humano, a una necesidad de este, a un sentimiento íntimo engrendrado en la indigencia de lo divino.

¿Acaso no hemos oído todos alguna vez frases como esta: "La religión responde sólo a una necesidad del hombre de creer en algo superior a él"? Sí, señoras y señores, si alguna vez han escuchado o incluso dicho una frase similar, se trata ésta de un argumento agnóstico/ateo.

Por otra parte, como esa indigencia de lo divino yace sepultada bajo la conciencia, o, para emplear un vocablo tomado de la filosofía moderna, en la subconsciencia, también su raíz permanece escondida e inaccesible.  En consecuencia, tanto a lo que está fuera del hombre, más allá de la naturaleza  visible, como a lo que está en el hombre mismo, en las profundidades de la subconsciencia, se le considera incognoscoble. La indigencia (necesidad) de lo divino, sin juicio alguno previo suscita en el alma, naturalmente  inclinada a la 
religión, cierto sentimiento especial, que tiene por distintivo el envolver  en sí mismo la propia realidad de Dios y el unir en cierta manera al hombre con Dios. A este sentimiento llaman  fe los modernistas: tal es para ellos el principio de la religión. 

Pero no se detiene aquí la filosofía  o, por mejor decir, el delirio modernista, pues en ese sentimiento  los modernistas no sólo encuentran  la fe, sino que con la fe afirman que se verifica la revelación. Para ellos, es ya una revelación,  o al menos un principio de ella, ese sentimiento  que aparece en la conciencia, y Dios mismo, que en ese preciso sentimiento  religioso se manifiesta al alma. De aquí surge aquella afirmación tan absurda de los modernistas de que toda religión es a la vez natural  y sobrenatural, según los diversos puntos de vista. De todo esto se deriva la indistinta significación de conciencia y revelación.  

Llegamos ahora a explicar algo un poco más complicado. Hace tiempo, escuché a un "sacerdote" afirmar lo siguiente: "La comunión es un signo visible que por la fe se convierte en algo milagroso (entiéndase el cuerpo y la sangre de Cristo)". Según él, si yo creo y tengo fe en que la hostia se convierte en el cuerpo de Cristo, así sucede...y si no...pues no.

En palabras técnicas esto se define del siguiente modo:
Un fenómeno se transfigura en cuanto es levantado por la fe sobre sus propias condiciones, con lo cual queda hecho materia más apta para recibir la forma de lo divino, que la fe ha de dar; en segundo lugar,  se desfigura, pues la fe le atribuye lo que en realidad no tiene, al haberle sustraído a las condiciones de lugar y tiempo; lo que acontece, sobre todo, cuando se trata de fenómenos  del tiempo pasado, y tanto más cuanto más antiguos fueren.  De ambas cosas sacan, a su vez,  los modernistas, dos leyes, que, juntas  con la tercera sacada del agnosticismo, forman las bases de su crítica histórica. Un ejemplo lo aclarará: lo tomamos de la persona de Cristo. 
En la persona de Cristo, dicen, la ciencia y la historia ven sólo un hombre. Por lo tanto, en virtud  de la primera ley, sacada del agnosticismo, es preciso borrar de su historia cuanto presente carácter divino. Por la segunda ley, la persona histórica de Cristo fue transfigurada  por la fe; es necesario, pues, quitarle cuanto la levanta  sobre las condiciones históricas. Finalmente,  por la tercera, la misma persona de Cristo fue desfigurada por la fe; luego se ha de prescindir en ella de las palabras, actos y todo cuanto,  en fin, no corresponda a su naturaleza,  estado, educación, lugar  y tiempo en que vivió. 

Extraña  manera, sin duda, de razonar; pero tal  es la crítica modernista. 

Tenemos así explicado el origen de toda relígión,  aun de la sobrenatural:  no son sino aquel puro desarrollo del sentimiento religioso. Y nadie piense que la católica quedará exceptuada:  queda al nivel de las demás en todo. Tuvo  su origen en la conciencia de Cristo, varón de privilegiadísima naturaleza,  cual jamás hubo ni habrá, en virtud  del desarrollo de la inmanencia vital,  y no de otra manera. 

¡Estupor causa oír tan gran atrevimiento en hacer tales afirmaciones, tamaña blasfemia! ¡Y,  sin embargo, no son los incrédulos  sólo los que tan atrevidamente  hablan así; católicos hay,  más aún, muchos  entre los sacerdotes, que claramente publican tales cosas y tales delirios presumen restaurar  la Iglesia! No se trata ya del antiguo error que ponía en la naturaleza humana  cierto derecho al orden sobrenatural.  Se ha ido mucho más adelante, a saber: hasta afirmar que nuestra  santísima  religión, lo mismo en Cristo que en nosotros, es un fruto propio y espontáneo de la naturaleza.  Nada, en verdad, más propio para destruir todo el orden sobrenatural. 

Estudiemos ahora el papel que, segun estos modernistas, juega la inteligencia en la religión. Si bien es cierto que, conforme a lo expuesto, "Dios sólo se manifiesta al hombre en forma de un sentimiento inherente a su naturaleza", no por ello el hombre debe dejar de utilizar su inteligencia para, como se dice vulgarmente, "pensar su fe".  En este proceso la mente obra de dos modos, según los modernistas: primero, con un acto natural  y espontáneo traduce las cosas en una frase simple y vulgar; después, profundamente,  o como dicen, elaborando el pensamiento, interpreta lo pensado con sentencias secundarias, derivadas de aquella primera fórmula  tan sencilla, pero ya más limadas y más precisas. Estas fórmulas secundarias, una vez  sancionadas por el magisterio supremo de la Iglesia, formarán  el dogma. Repito que todo esto es según ellos. 

Llegamos así a uno de los puntos  principales de la doctrina modernista, al origen y naturaleza  del dogma. Este, según ellos, tiene su origen en aquellas pnmitivas fórmulas  simples que son necesarias en cierto modo a la fe, porque la revelación,  para existir, supone en la conciencia alguna  noticia manifiesta de Dios. Tales fórmulas sólo tienen por objeto proporcionar al creyente  el modo de darse razón  de su fe. Mas no se puede concluir en modo alguno que pueda deducirse que encierren una verdad absoluta; pues, como símbolos, son imágenes de la verdad, y, por lo tanto, han de acomodarse al sentimiento religioso, en cuanto éste se refiere al hombre; como instrumentos, son vehículos  de la verdad y, en consecuencia,  tendrán  que acomodarse, a su vez,  al hombre en cuanto  se relaciona con el sentimiento religioso. 

Mas el objeto del sentimiento religioso, por hallarse  contenido en lo absoluto, tiene infinitos aspectos, que pueden aparecer sucesivamente,  ora uno,  ora otro. A su vez,  el hombre, al creer, puede estar en condiciones que pueden ser muy diversas. Por lo tanto,  las fórmulas que llamamos dogma se hallarán  expuestas  a las mismas vicisitudes, y, por consiguiente, sujetas a mutación.  Así queda expedito el camino hacia la evolución  íntima  del dogma. 

En otras palabras, contrario a lo que enseña la Iglesia desde hace más de dos mil años, los dogmas son solo "fracecillas" que resumen una creencia que no necesariamente es Verdad" y que pueden cambiar todas las veces que cambie el sentimiento religioso del hombre.

¡Cúmulo,  en verdad, infinito de sofismas, con que se resquebraja y se destruye toda la religión! 


Ciegos, ciertamente, y conductores de ciegos, que, inflados con el soberbio nombre de ciencia, llevan  su locura hasta pervertir el eterno concepto de la verdad, a la par que la genuina naturaleza del sentimiento religioso: para ello han fabricado un  sistema «en el cual, bajo el impulso de un amor audaz y desenfrenado de novedades, no buscan dónde ciertamente se halla la verdad y, despreciando las santas y apostólicas tradiciones, abrazan  otras doctrinas vanas, fútiles,  inciertas y no aprobadas por la Iglesia, sobre las cuales —hombres vanísimos—  pretenden fundar  y afirmar la misma verdad. Tal es el modernista como filósofo. 




martes, 3 de septiembre de 2013

La Verdad y el error

San Pio X, Papa


Hasta ahora, las entradas han estado encaminadas a demostrar la existencia de la Verdad en terminos racionales y lógicos. En esta nueva entrada quiero empezar a hablar un poco sobre los errores más comunes que la modernidad nos a acarreado y de dónde provienen. Para esta entrada me basaré en la carta encíclica "PASCENDI DOMINICI  GREECI" de S.S. San Pío X sobre los errores de las doctrinas modernistas. 


En todas las épocas han existido "hombres de lenguaje perverso, decidores de noverdades y seductores, sujetos al error y que arrastran al error". Ya en 1907, cuando S.S. San Pío X escribió esta encíclica, proliferaban los enemigos de la Cruz de Cristo, quienes desarrollaron artes nuevas llenas de perfidia con miras a aniquilar la Iglesia y el Reino de Jesucristo.
No se puede ya guardar silencio. Debemos tener mucho cuidado, ya que dichos enemigos no siempre son delcarados, muchos son los que se ocultan en el mismo seno de la Iglesia y por lo mismo son mucho más perjudiciales.

Se trata de un gran número  de católicos seglares y hasta de sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología, e impregnados hasta la médula de los huesos con venenosos 
errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan como restauradores  de la Iglesia, asaltan con audacia todo cuanto  hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor,  a quien con sacrílega temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre. Ellos traman  la ruina de la Iglesia, no desde fuera,  sino desde dentro, persiguen por mil caminos su nefasto designio, su táctica es la más insidiosa y pérfida. Amalgamando en sus 
personas al racionalista y al católico, lo hacen con habilidad tan refinada, que fácilmente sorprenden  a los incautos.

Aunado a esto, engañan llevando una vida llena de actividad, constancia y ardor singulares  hacia todo género de estudios, aspirando a granjearse la estimación pública por sus costumbres, con frecuencia intachables.  Por fin, y esto parece quitar toda 
esperanza de remedio, sus doctrinas les han pervertido el alma de tal suerte que desprecian toda autoridad y no soportan corrección alguna;  y atrincherándose  en una conciencia mentirosa, nada omiten para que se atribuya a celo sincero de la verdad lo que sólo es obra de la tenacidad y del orgullo. Tiempo es de arrancar la máscara a esos hombres y de mostrarlos a la Iglesia entera tales cuales son en realidad. 

Una táctica de los modernistas consiste en no exponer  jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su conjunto,  sino dándolas en cierto modo por fragmentos  y esparcidas acá y allá, lo cual contribuye  a que se les juzgue  fluctuantes  e indecisos en sus ideas, cuando en realidad éstas son perfectamente  fijas y consistentes.   ante todo, importa presentar  en este lugar esas 
mismas doctrinas en un conjunlo,  y hacer ver el enlace lógico entre ellas, para indicar después las causas de los errores y prescribir los remedios más adecuados para cortar el mal.

Para mayor claridad en materia tan compleja, preciso es advertir ante todo que cada modernista reúne en sí mismo una variedad de personajes, mezclando,  por decirlo asi, al filósofo, al creyente,  al apologista, al reformador; personajes todos que conviene distinguir singularmente  si se quiere conocer a fondo su sistema y penetrar en los principios y consecuencias de sus doctrinas. Y quedan así perfilados los temas de las próximas entradas, en las cuales definiremos el perfil de cada uno de estos personajes.



lunes, 5 de agosto de 2013

La Verdad y San Justino

  
San Justino (163)
FIESTA: 14 de abril




 
Algo del agua viva, que Jesús dio a los habitantes de Siquem el día de su diálogo con la Samaritana, quedaba todavía un siglo más tarde para saciar las almas sinceras. Ninguna tan sincera, acaso, en aquellos días de escepticismo, como la de Justino, este buen samaritano, si no de sangre, a menos de nacimiento, que fue el primero en lanzar un puente entre la filosofía antigua y el cristianismo. Amó la verdad con apasionamiento, y él mismo nos ha contado la historia emocionante de su itinerario espiritual. El amor de la verdad, unido a un profundo sentimiento de justicia, es el alma de toda su vida. El primer sistema que se ofrece a su consideración es el estoicismo. Es su hora. En el ambiente queda todavía el acento severo de Séneca y Epicteto. Justino recoge ávido sus promesas de felicidad por medio de la práctica de la virtud y por la tranquilidad en que envuelve el alma del sabio. Tal vez su imaginación juvenil quedaba fascinada ante la pompa teatral con que el maestro profiere sus máximas. Pero surge en el discípulo la pregunta inevitable: "Y de Dios, ¿qué me dices?" El profesor frunce el entrecejo, y responde con palabras desdeñosas. El joven estudiante había descubierto el punto flaco de la escuela. Sin una enseñanza dogmatica, aquella ética rigurosa no era más que un bello edificio levantado en el aire. "Me di cuenta--dice Justino--de que no avanzaba en lo más mínimo en el conocimiento de Dios; porque ni sabía nada mi maestro, ni creía esa ciencia necesaria". A la experiencia del Pórtico sigue la del Perípato. El discípulo de Aristóteles a quién se dirigió el adolescente era un espíritu fino, o por lo menos así se lo creía él. Introdujo a Justino en el mundo abstracto de los predicamentos y a los pocos días de lección le hizo esta reflexión categorica: "Bueno ya ves que la ciencia que yo enseño es muy preciosa, y como comprenderás no se puede dar de balde." El oyente quedó atónito. En su amable ingenuidad, casi infantil, no acertaba a comprender cómo un hombre que había encontrado la felicidad podía pensar en esa cosa miserable que se llama dinero. " Inmediatamente--confiesa él mismo-- dejé a mi hombre juzgándole indigno del nombre de filósofo, y codicioso siempre que aprender lo que es propiamente la esencia de la filosofía, fui en busca de un Pitagórico, hombre de mucha fama y orgulloso de su saber". Pero este filósofo era muy exigente con sus discípulos. Antes de revelarles sus pedanterías sutiles acerca de los números, debían haber estudiado mucho acerca de la naturaleza. "¿Conoces la música, la geometría y la astronomía?", preguntó al animoso postulante; y Justino le miraba un poco desconcertado, indagando qué misteriosa relación podían tener aquéllas cosas con la vida feliz que él buscaba en la filosofía. "Nada de todo eso he estudiado", contestó sencillamente. Y el pitagórico, con aire doctoral: no comprenderías nada de mis altas teorías, sin saber dónde está la Osa Mayor, Cánope o Arturo".


Quedaba otra escuela famosa, la de los platónicos, que entraba entonces en un período de renacimiento y que no tardaría en producir ilustres representantes y en organizar una cátedra famosa en el Museum alejandrino. Era alrededor del año 130. Justino estaba entonces en Efeso. El peregrino infatigable de la ciencia parece haber encontrado un maestro que comprendió la rectitud y la lealtad de su alma. Bajo su dirección, empezó a gustar las bellezas filosóficas y literarias de Fedro y el Simposio. Estaba encantado; más aún, entusiasmado. "Lo que sobre todo me alegraba--dice él mismo--era el conocimiento de las cosas inteligibles. La teoría de las ideas ponía alas en mi espíritu. Me imaginaba haber conseguido ya la sabiduría, y esperaba llegar pronto a la contemplación de Dios, que es el fin de la filosofía platónica".


De vez en cuando, el nuevo filósofo dudaba todavía. Tal vez, pensaba, no he terminado aún mi odisea espiritual; acaso no he llegado más que al vestíbulo de la ciencia. Lo que le inquietaba era ver a unos hombres que, aunque perseguidos en todas partes, parecían poseer una serenidad de alma que ni los diálogos platónicos le habían dado a él. A pesar de las calumnias, de los tormentos y de la muerte, se les veía libres de todo temor, de toda tristeza, de toda turbación. ¿Qué nueva filosofía era esa que causaba efectos tan prodigiosos? "Ya cuando era platónico--dice Justino--, había oído hablar de los crímenes que se imputaban a los cristianos, pero viéndoles sin miedo delante de la muerte y de todos los peligros, no podía hacerme a la idea de que hombres como esos pudiesen vivir en el desorden y en el amor del placer". Nada más lógico que esta conclusión, y un hombre que sigue lealmente los dictados de su espíritu, tiene que encontrar a Dios necesariamente. Su entusiasmo lo llevará a la visión deseada. Así le sucedió al noble pensador de Siquem. Paseábase un día cerca de la playa, revolviendo, como siempre, el ovillo de sus pensamientos, cuando observó que se le acercaba un anciano de aspecto venerable. Justino, que se creía sólo, le declaró su sorpresa.


--Vengo--le respondió el desconocido--a ver si diviso en el horizonte la nave donde han de venir los míos.

--Y yo--repuso el filósofo--me distraigo aquí conversando conmigo mismo, pues nada favorece tanto el estudio como la soledad.

Y empezó una discusión filosófico-religiosa. Justino hizo un cálido elogio a la filosofía, como medio de llegar a la felicidad; el anciano, desdeñando las teorías, defendió que la felicidad está en la Verdad, hecha vida y sangre a fuerza de sacrificio. La filosofía, decía el uno, es la ciencia del ser; la filosofía, replicaba el otro, es la ciencia del obrar.
--No obstante--añadía el filósofo--yo sé por la filosofía que hay un ser Inmutable, principio de todas las cosas.
--Pero este conocimiento se convertiría en una nueva causa de inquietud, si ignoramos nuestras relaciones con ese der inmutable y su actitud frente a nosotros, y el verdadero camino, si es que hay uno para llegar a él.
Ante esta objeción, el entusiasmo platónico del joven empezó a enfriarse.
--Pero, bueno--decía--, si los grandes espíritus, a quienes consideramos como el oráculo de la Humanidad, no nos han dicho la verdad, ¿dónde vamos a encontrarla?
Esta pregunta es la que debía estar esperando el desconocido. Ella permitía desarrollsr un breve discurso catequístico en consonancia con la religión que profesaba. Dios, le dijo, no ha abandonado a su impotencia a la razón humana; ha enviado al mundo sus mensajeros para iluminar a los hombres de buena voluntad y sus mensajes podemos leerlos nosotros en libros donde hay maravillosas profecías que se han cumplido estrictamente. Busca en esos libros, que podrás encontrar lo mismo entrenlos hebreos que entre los cristianos y esa luz que buscas deslumbrará tus ojos.
"Dicho esto--continúa Justino--el anciano se despidió de mi, dejando mi corazón inflamado en deseos de conocer a los profetas y a los hombres amigos de Cristo. Después leí, reflexioné, medité, llegando al convencimiento de que había encontrado la única filosofía segura y útil. De esta nueva manera soy ahora filósofo y quisiera que todos siguiesen este mismo camino que yo, porque en él se encuentra el descanso completo de mi corazón.
El discípulo de Platón se había hecho discípulo de Cristo; mas no abandonó por eso el estudio de la filosofía. Viósele como antes, pasear por la orilla del mar absorto en sus meditaciones, buscar a los hombres de letras en el foro y en las termas, exponer audazmente su nueva filosofía, discutir con los herejes, con los judíos y con los paganos, escribir, enseñar, catequizar. Suyo es este bello principio, que realizó plenamente en su vida: "Poder decir la verdad y callarla, es atraer la cólera divina".



San Justino fue un gran apologista de la religión cristiana y fundador de la idea de las escuelas de teología que más tarde recogerían Clemente y Orígenes. Su confianza en la verdad lo llevó a dirigir dos memorias apologéticas a los emperadores defendiendo la honra de los cristianos, afirmando que el Verbo divino, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, les movía ocultamente con su gracia. No hay contradicción, decía, entre la razón y la fe, ésta es el complemento de aquélla; el cristianismo no ha venido a destruir, sino a purificar, a perfeccionar. Pero la mano que la Iglesia tendía al imperio con su embajador fue rechazada con desdén. Justino fue acusado de ateísmo y de impiedad, es decir, de ser cristiano. Una muerte generosa coronó aquella vida nobilísima. Todo reclama nuestra simpatía en esta gran figura: el amigo de la Verdad, el peregrino de la ciencia, el maestro, el apologista, el mártir.


Como bien decía San Justino, el Verbo ilumina a todos los hombres del mundo, por ello todos estamos obligados a buscar la Verdad; pero no todos lo escuchan y casi ninguno la busca. 


En nuestros días, además, el demonio, sagaz y ávido de ganar para sí las almas de los hombres, se las ha ingeniado para hacer creer a muchos que la Verdad no existe. Fulminando el objetivo supremo de nuestra razón, nos desarma en el camino hacia el fin último de nuestra existencia: la salvación de nuestra alma y su unión con Dios.



Fragmentos de la hagiografía extraídos de Fr. Justo Pérez de Urbel, Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1934.