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sábado, 28 de septiembre de 2013

Refutaciones al modernista creyente

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Como decíamos en la publicacion anterior el modernista creyente pone las cosas de cabeza. Mientras él afirma que la religión se basa en el sentimiento y la experiencia de cada persona, nosotros sabemos que es todo lo contrario. La religión no depende de la experiencia personal porque entonces habría tantas religiones como personas en el mundo y también, contrariamente a sus postulados, debemos afirmar que la religión puede constatarse por medio de la razón, y por medio de la razón se puede determinar cuál es la verdadera religión y por qué. Tales afirmaciones forman parte de la refutación del primer error y por ende ya han sido expuestas, pero veamos lo que encontré en el libro La religión demostrada  de P. A. Hillaire acerca de la fe y la razón.

DECRETOS DEL  CONCILIO  VATICANO  I
DE  LA  FE  Y  D  LA  RAZÓN 

“La Iglesia católica ha admitido siempre y admite que existen dos órdenes de conocimientos distintos en su principio y en su objeto: en su principio, porque en el uno conocemos por la razón natural, y en el otro, por la fe divina; en su objeto, porque, fuera de las cosas que la razón puede alcanzar, hay misterios ocultos en Dios que son presupuestos a nuestra creencia, y que no pueden ser conocidos por nosotros, si no son debidamente revelados.
”Por esto el Apóstol, que afirma que Dios fue conocido por los gentiles mediante sus obras, cuando diserta sobre la gracia y la verdad traídas por Jesucristo, dice: Predicamos la sabiduría de Dios, encerrada en el misterio, esta sabiduría oculta, a la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este mundo ha conocido, sino que Dios nos la reveló por su Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Y el Hijo Único de Dios rinde a su Padre este testimonio: que Él ha ocultado estos misterios a los sabios y a los prudentes, y los ha revelado a los pequeñuelos.
”La razón, indudablemente, iluminada por la fe, cuando busca con diligencia, piedad y moderación, adquiere, con la ayuda de Dios, una cierta inteligencia de los misterios, y esta inteligencia le es muy provechosa. La razón adquiere esta inteligencia, bien por analogía con las cosas que conoce naturalmente, o bien por los vínculos que los misterios guardan entre sí y con el fin último del hombre.
”Sin embargo, la razón jamás alcanza a penetrar los misterios de igual modo que  las  verdades  que constituyen su  objeto  propio.  Porque  los  misterios divinos por propia naturaleza, de tal manera superan la inteligencia creada que, aun después  de  trasmitirlos  por  la  revelación  y  recibidos  por  la  fe,  permanecen todavía envueltos como en una nube, mientras viajamos en esta vida mortal, lejos del Señor: Marchamos hacia Él por la fe, y no le vemos al descubierto.
”Pero aunque la fe esté sobre la razón, jamás puede existir entre la fe y la razón el menor desacuerdo ni oposición. El mismo Dios es el que revela los misterios y le infunde la fe, el que ha dado al espíritu del hombre la luz de la razón. Ahora bien, Dios no puede contradecirse a sí mismo, y la verdad jamás estará en contradicción con la verdad.
”Las vanas apariencias de semejante contradicción proceden particularmente, o de que los dogmas de la fe no han sido comprendidos y expuestos en el sentido  de  la  Iglesia,  o  de  que  opiniones  falsas  son  tomadas  como  enunciados  de  la razón. Nosotros definimos pues, que toda aserción contraria a la verdad conocida por la fe es absolutamente falsa. La Iglesia que ha recibido, con la misión apostólica de enseñar, la orden de guardar el depósito de la fe, tiene también la misión y el derecho divino de proscribir toda falsa ciencia para que nadie sea engañado por la filosofía y las vanas sutilezas...
”Y no solamente la fe y la razón no pueden jamás estar en pugna, sino que se prestan mutuo apoyo, puesto que la razón demuestra los fundamentos de la fe, e ilumina por su luz, cultiva y desarrolla la ciencia de las cosas divinas. La fe, por su parte, libra y preserva a la razón de los errores y la enriquece de amplios conocimientos. Tan lejos está la Iglesia de oponerse al estudio de las artes y de las ciencias, que, al contrario, favorece este estudio y lo hace progresar de mil maneras.
”La  Iglesia  no  ignora  ni  desprecia  las  ventajas  que  las ciencias  y  las  artes procuran al hombre. Más todavía: reconoce que así como estas grandes cosas vienen de Dios, Señor de las ciencias, así también, si se las cultiva como conviene, deben, con el auxilio de la gracia, llevarnos a Dios. La Iglesia no prohíbe en manera alguna que cada una de estas ciencias se sirva en su esfera de sus propios principios y de su método; pero reconociendo esta legítima libertad, vigila que las ciencias no adopten errores que los pongan en oposición con la doctrina divina”.
La revelación no ha sido propuesta al espíritu humano como un descubrimiento filosófico susceptible de perfeccionamiento, sino como un depósito que debe ser fielmente guardado. El sentido fijado a cada dogma por una primera definición de la Iglesia es infalible e invariable. La inteligencia, la ciencia, la sabiduría de
cada uno y de todos pueden progresar indefinidamente, pero sin apartarse de la unidad del dogma."

Y forzosamente debe ser así para que la religión tenga sentido, de lo contrario, si no hubiera un depósito de fe a prueba de error, cada quien podría interpretar la religión y sucedería lo mismo que si en un país cada quien interpretara las leyes a su arbitrio. Sobrevendría, en fin, el caos total.

Así las cosas, podemos también probar la divinidad de la religión cristiana y, desde luego la divinidad de Jesucristo.

Pietro Perugino: Jesus Handing the Keys to Peter

¿Cómo sabemos que la religión cristiana es divina?
R. Lo sabemos por señales ciertas e infalibles, como son las siguientes:
1° El cumplimiento de las antiguas profecías en la persona de Jesucristo. Ejemplo: 
Milagros del Mesías. – Según la profecía de Isaías, Cristo debía confirmar su doctrina con milagros: Dios mismo vendrá y os salvará. Entonces, los ojos de los ciegos serán abiertos, los sordos oirán, el cojo saltará como un ciervo, y la lengua de los mudos será desatada. Y tales fueron los milagros de Jesucristo. 
La Pasión de Cristo. – Todos los pormenores de la Pasión habrían sido anunciados con mucha anticipación: basta indicar las principales profecías. Zacarías predice la entrada triunfal del Mesías en Jerusalén y los treinta dineros entregados al traidor.
David en el salmo 21, describe la pasión del Mesías, y le presenta oprimido de ultrajes, rodeado por un populacho que le insulta; tan deshecho por los golpes recibidos, que se le pueden contar todos los huesos; ve sus manos y sus pies traspasados, sus vestiduras repartidas, su túnica sorteada, etc.
Isaías muestra al Mesías cubierto de oprobios, convertido en el varón de dolores, llevado al suplicio como un cordero sin exhalar una queja... El profeta tiene cuidado de afirmar hasta doce veces que Cristo sufre por expiar los pecados de los hombres. Él es  nuestro  rescate,  nuestra  víctima,  nuestro  Redentor.  El  capítulo LIII  de  Isaías, como el Salmo XXI, no tiene aplicación más que a Nuestro Señor Jesucristo; luego, Él es el Redentor prometido.
2° Los milagros magníficos obrados por el Salvador. Ejemplos: Milagros sobre la naturaleza inanimada: Jesucristo convierte el agua en vino en las bodas de Caná; dos veces multiplica el pan para alimentar a las muchedumbres; con su palabra calma las tempestades, etc.
Milagros  sobre  las  enfermedades:  Jesucristo  sana  toda  clase  de  enfermos;  devuelve la vista a los ciegos, el oído a los sordos, la palabra a los mudos, el uso de los miembros a los paralíticos, etc.

3° El gran milagro de la Resurrección.
El Salvador se muestra vivo:
1. A María Magdalena. 
2. A las santas mujeres que regresaban del sepulcro.
3. A Santiago y a San Pedro, Príncipe de los apóstoles.
4. A los dos discípulos de Meaux, el día de Pascua.
5. La noche del mismo día, a los apóstoles reunidos en el Cenáculo, estando ausente Tomás.
6. Ocho días más tarde, a los mismos apóstoles, reunidos todos en el Cenáculo con Santo Tomás.
7. A cinco apóstoles y a dos discípulos en el lago de Genezaret.
8. En Galilea, a más de quinientas personas reunidas en el Tabor.
9. A los apóstoles reunidos en Jerusalén con muchos discípulos. Con ellos sube al monte de los Olivos, de donde se eleva al cielo en presencia de ciento veinte testigos.
10. Finalmente, se muestra a Saulo, en el camino de Damasco, y este ardiente perseguidor de la Iglesia se convierten San Pablo, el apóstol de las gentes. 


Caravaggio: Doubting Thomas4° Las profecías hechas por Jesucristo y perfectamente realizadas. 
1. Respecto de su persona, su pasión, su muerte y su resurrección.
2. En cuanto a sus discípulos, la traición de Judas, la triple negación de Pedro, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, los futuros milagros de éstos, sus padecimientos y su martirio.
 3. Respecto de los judíos, la ruina de Jerusalén, la destrucción del templo y la dispersión del pueblo judío.
4. Acerca de su Iglesia, la predicación del Evangelio en todo el universo, la conversión de los pueblos y la duración hasta el fin de los tiempos de la Iglesia.
5° El establecimiento milagroso de la religión cristiana, en contra de grandes obstáculos políticos, geográficos, lingüísticos, persecusiones y todo en manos de hombres de origen humilde y sin preparación, cuya única arma era la fe. 
"Si dijeras que nadie ha visto milagros, te respondo: Es sabido que el mundo entero daba culto a los ídolos y perseguía la fe de Cristo, según narran hasta los mismos historiadores paganos; pero ahora se han convertido a Cristo todos, sabios, nobles, ricos, poderosos y grandes, ante la predicación de unos sencillos, pobres y escasos predicadores  de  Cristo.   O  se   ha   realizado   esto  con  milagros,  o   sin   ellos.  Si   con milagros, ya tienes la respuesta. Si sin ellos, diré que no pudo darse milagro mayor que el que el mundo entero se convirtiese sin milagros. No necesitamos más." (Santo Tomás de Aquino)

6° La fidelidad y el número de sus mártires.  La historia testifica que millones de hombres testigos de los milagros de Jesucristo o de los apóstoles, afrontaron los suplicios y la muerte antes que renegar
de su religión. No pudieron proceder así sin estar convencidos de la realidad de los hechos que sirven de fundamento al Cristianismo.
La  constancia  de  los  mártires  en  los  suplicios  es  superior  a  las  fuerzas humanas. Su valor no puede venir sino de Dios: ellos lo declaran, los paganos los reconocen, y Dios lo confirma con milagros. 










7° Los frutos admirables producidos por el Cristianismo. Habituados a vivir en un mundo saturado de ideas cristianas, atribuimos al progreso del espíritu humano lo que hay de bueno en nuestros conocimientos, en nuestras costumbres, en nuestras leyes, en nuestra civilización: es una ilusión. Para caer en la cuenta de la verdad, basta considerar lo que era el mundo antes de la venida de Jesucristo, después de cuatro mil años de razón, de filosofía y de progreso humano.
8° La excelencia verdaderamente divina de la doctrina de Jesucristo. Ejemplo: La moral cristiana explica perfectamente toda la ley natural y le añade algunos preceptos positivos de mucha importancia. Reglamenta todos los deberes del hombre para con Dios, para con el prójimo y para consigo mismo. Proscribe toda falsa, incluso el mal pensamiento voluntario; impone todas las virtudes, y da consejos muy apropiados para llegar a la más alta perfección.

 ¿Por qué debemos creer que Nuestro Señor Jesucristo es Dios?
R. Debemos creer que Jesucristo es Dios, porque Él lo revela con sus palabras y lo prueba con sus obras.
1º Jesucristo nació como Dios; 2º, habló como Dios; 3º, obró como Dios; 4º, murió como Dios; 5º, resucitó como Dios; 6º, reina como Dios; 7º, se sobrevive como Dios.
Para averiguar lo que es un hombre, parece natural empezar preguntándole, como los judíos a San Juan Bautista: ¿Quién eres tú? ¿Qué dices de ti mismo? Reservándose el ver después si sus obras y su vida están conformes con su respuesta.
A esta pregunta, Jesús responde de una manera categórica:  Yo no soy solamente un Enviado de Dios para revelar a la tierra las voluntades del cielo, sino que soy el Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Lo dijo a sus discípulos, a sus enemigos, al pueblo judío, al mundo entero por medio de sus apóstoles y a los siglos venideros por medio de su Iglesia.
1º Hemos probado ya que Jesucristo es un Enviado de Dios, encargado de instruir a los hombres. Que se debe creer en la palabra de un Enviado de Dios es indudable; pero como Jesucristo  nos revela formalmente que Él es el Hijo de Dios, no  solamente  por  adopción  como  nosotros, sino  por  naturaleza,  debemos  inferir que verdaderamente es Dios.
2º Por si esta afirmación no bastara, Jesucristo lo prueba con sus obras:
a)   Con sus milagros tan numerosos y tan ciertos.
b)   Con sus profecías perfectamente realizadas.
c)   Con la santidad de su doctrina y de su vida.
d)   Con su reinado inmortal sobre las almas.
e)   Con el establecimiento y conservación de su Iglesia. 







miércoles, 4 de septiembre de 2013

Primer error: el agnosticismo

El modernista como filósofo


Decíamos ya en la entrada anterior que el enemigo interno de la Iglesia reúne a los siguientes personajes:  al filósofo, al creyente,  al apologista, al reformador. Empecemos pues a describir a cada uno.

 Comencemos por el filósofo. Los modernistas establecen,  como base de su filosofía  religiosa, la doctrina comúnmente  llamada agnosticismo, según la cual razón humana no posee facultad  ni derecho de franquear  los límítes  de los fenómenos visibles. Por lo tanto,  es incapaz de conocer a Dios y, por lo que a la historia se refiere, Dios de ningún  modo puede ser sujeto de la misma. 

Ahora bien, los modernistas pasan del agnosticismo, que no es sino 
ignorancia, al ateísmo científico  e histórico, cuyo carácter total es
la negación; y, en consecuencia, hacen el tránsito a explicar esa misma historia con independencia de Dios. Así, es indudable que los modernistas tienen  establecida y fija una cosa, a saber: que la ciencia debe ser atea, y lo mismo la historia; en la esfera de una y otra no admiten sino fenómenos:  Dios y lo divino quedan desterrados. 

El aspecto positivo del agnosticismo está constituido por la llamada inmanencia  vital. Ellos pasan de la negación a la inmanencia vital del siguiente modo: No importa si la religión es natural o sobrenatural, lo que importa es que exige una explicación. Pero recordemos que los agnósticos y ateos ya han cerrado todo acceso a la revelación y a los motivos para creer en ella; es decir, como según ellos es IMPOSIBLE conocer a Dios, resulta claro que nunca el hombre podrá encontrar la explicación apatecida. Entonces,  
la explicación ha de hallarse  exclusivamente  en la vida misma del hombre. Por tal procedimiento se llega a establecer el principio de la inmanencia religiosa. 

Inmanente quiere decir que es inherente a algún ser o que es inseparable a éste. En otras palabras, la religión, según esta filosofía, quedaría reducida a un impulso inherente al ser humano, a una necesidad de este, a un sentimiento íntimo engrendrado en la indigencia de lo divino.

¿Acaso no hemos oído todos alguna vez frases como esta: "La religión responde sólo a una necesidad del hombre de creer en algo superior a él"? Sí, señoras y señores, si alguna vez han escuchado o incluso dicho una frase similar, se trata ésta de un argumento agnóstico/ateo.

Por otra parte, como esa indigencia de lo divino yace sepultada bajo la conciencia, o, para emplear un vocablo tomado de la filosofía moderna, en la subconsciencia, también su raíz permanece escondida e inaccesible.  En consecuencia, tanto a lo que está fuera del hombre, más allá de la naturaleza  visible, como a lo que está en el hombre mismo, en las profundidades de la subconsciencia, se le considera incognoscoble. La indigencia (necesidad) de lo divino, sin juicio alguno previo suscita en el alma, naturalmente  inclinada a la 
religión, cierto sentimiento especial, que tiene por distintivo el envolver  en sí mismo la propia realidad de Dios y el unir en cierta manera al hombre con Dios. A este sentimiento llaman  fe los modernistas: tal es para ellos el principio de la religión. 

Pero no se detiene aquí la filosofía  o, por mejor decir, el delirio modernista, pues en ese sentimiento  los modernistas no sólo encuentran  la fe, sino que con la fe afirman que se verifica la revelación. Para ellos, es ya una revelación,  o al menos un principio de ella, ese sentimiento  que aparece en la conciencia, y Dios mismo, que en ese preciso sentimiento  religioso se manifiesta al alma. De aquí surge aquella afirmación tan absurda de los modernistas de que toda religión es a la vez natural  y sobrenatural, según los diversos puntos de vista. De todo esto se deriva la indistinta significación de conciencia y revelación.  

Llegamos ahora a explicar algo un poco más complicado. Hace tiempo, escuché a un "sacerdote" afirmar lo siguiente: "La comunión es un signo visible que por la fe se convierte en algo milagroso (entiéndase el cuerpo y la sangre de Cristo)". Según él, si yo creo y tengo fe en que la hostia se convierte en el cuerpo de Cristo, así sucede...y si no...pues no.

En palabras técnicas esto se define del siguiente modo:
Un fenómeno se transfigura en cuanto es levantado por la fe sobre sus propias condiciones, con lo cual queda hecho materia más apta para recibir la forma de lo divino, que la fe ha de dar; en segundo lugar,  se desfigura, pues la fe le atribuye lo que en realidad no tiene, al haberle sustraído a las condiciones de lugar y tiempo; lo que acontece, sobre todo, cuando se trata de fenómenos  del tiempo pasado, y tanto más cuanto más antiguos fueren.  De ambas cosas sacan, a su vez,  los modernistas, dos leyes, que, juntas  con la tercera sacada del agnosticismo, forman las bases de su crítica histórica. Un ejemplo lo aclarará: lo tomamos de la persona de Cristo. 
En la persona de Cristo, dicen, la ciencia y la historia ven sólo un hombre. Por lo tanto, en virtud  de la primera ley, sacada del agnosticismo, es preciso borrar de su historia cuanto presente carácter divino. Por la segunda ley, la persona histórica de Cristo fue transfigurada  por la fe; es necesario, pues, quitarle cuanto la levanta  sobre las condiciones históricas. Finalmente,  por la tercera, la misma persona de Cristo fue desfigurada por la fe; luego se ha de prescindir en ella de las palabras, actos y todo cuanto,  en fin, no corresponda a su naturaleza,  estado, educación, lugar  y tiempo en que vivió. 

Extraña  manera, sin duda, de razonar; pero tal  es la crítica modernista. 

Tenemos así explicado el origen de toda relígión,  aun de la sobrenatural:  no son sino aquel puro desarrollo del sentimiento religioso. Y nadie piense que la católica quedará exceptuada:  queda al nivel de las demás en todo. Tuvo  su origen en la conciencia de Cristo, varón de privilegiadísima naturaleza,  cual jamás hubo ni habrá, en virtud  del desarrollo de la inmanencia vital,  y no de otra manera. 

¡Estupor causa oír tan gran atrevimiento en hacer tales afirmaciones, tamaña blasfemia! ¡Y,  sin embargo, no son los incrédulos  sólo los que tan atrevidamente  hablan así; católicos hay,  más aún, muchos  entre los sacerdotes, que claramente publican tales cosas y tales delirios presumen restaurar  la Iglesia! No se trata ya del antiguo error que ponía en la naturaleza humana  cierto derecho al orden sobrenatural.  Se ha ido mucho más adelante, a saber: hasta afirmar que nuestra  santísima  religión, lo mismo en Cristo que en nosotros, es un fruto propio y espontáneo de la naturaleza.  Nada, en verdad, más propio para destruir todo el orden sobrenatural. 

Estudiemos ahora el papel que, segun estos modernistas, juega la inteligencia en la religión. Si bien es cierto que, conforme a lo expuesto, "Dios sólo se manifiesta al hombre en forma de un sentimiento inherente a su naturaleza", no por ello el hombre debe dejar de utilizar su inteligencia para, como se dice vulgarmente, "pensar su fe".  En este proceso la mente obra de dos modos, según los modernistas: primero, con un acto natural  y espontáneo traduce las cosas en una frase simple y vulgar; después, profundamente,  o como dicen, elaborando el pensamiento, interpreta lo pensado con sentencias secundarias, derivadas de aquella primera fórmula  tan sencilla, pero ya más limadas y más precisas. Estas fórmulas secundarias, una vez  sancionadas por el magisterio supremo de la Iglesia, formarán  el dogma. Repito que todo esto es según ellos. 

Llegamos así a uno de los puntos  principales de la doctrina modernista, al origen y naturaleza  del dogma. Este, según ellos, tiene su origen en aquellas pnmitivas fórmulas  simples que son necesarias en cierto modo a la fe, porque la revelación,  para existir, supone en la conciencia alguna  noticia manifiesta de Dios. Tales fórmulas sólo tienen por objeto proporcionar al creyente  el modo de darse razón  de su fe. Mas no se puede concluir en modo alguno que pueda deducirse que encierren una verdad absoluta; pues, como símbolos, son imágenes de la verdad, y, por lo tanto, han de acomodarse al sentimiento religioso, en cuanto éste se refiere al hombre; como instrumentos, son vehículos  de la verdad y, en consecuencia,  tendrán  que acomodarse, a su vez,  al hombre en cuanto  se relaciona con el sentimiento religioso. 

Mas el objeto del sentimiento religioso, por hallarse  contenido en lo absoluto, tiene infinitos aspectos, que pueden aparecer sucesivamente,  ora uno,  ora otro. A su vez,  el hombre, al creer, puede estar en condiciones que pueden ser muy diversas. Por lo tanto,  las fórmulas que llamamos dogma se hallarán  expuestas  a las mismas vicisitudes, y, por consiguiente, sujetas a mutación.  Así queda expedito el camino hacia la evolución  íntima  del dogma. 

En otras palabras, contrario a lo que enseña la Iglesia desde hace más de dos mil años, los dogmas son solo "fracecillas" que resumen una creencia que no necesariamente es Verdad" y que pueden cambiar todas las veces que cambie el sentimiento religioso del hombre.

¡Cúmulo,  en verdad, infinito de sofismas, con que se resquebraja y se destruye toda la religión! 


Ciegos, ciertamente, y conductores de ciegos, que, inflados con el soberbio nombre de ciencia, llevan  su locura hasta pervertir el eterno concepto de la verdad, a la par que la genuina naturaleza del sentimiento religioso: para ello han fabricado un  sistema «en el cual, bajo el impulso de un amor audaz y desenfrenado de novedades, no buscan dónde ciertamente se halla la verdad y, despreciando las santas y apostólicas tradiciones, abrazan  otras doctrinas vanas, fútiles,  inciertas y no aprobadas por la Iglesia, sobre las cuales —hombres vanísimos—  pretenden fundar  y afirmar la misma verdad. Tal es el modernista como filósofo. 




martes, 3 de septiembre de 2013

La Verdad y el error

San Pio X, Papa


Hasta ahora, las entradas han estado encaminadas a demostrar la existencia de la Verdad en terminos racionales y lógicos. En esta nueva entrada quiero empezar a hablar un poco sobre los errores más comunes que la modernidad nos a acarreado y de dónde provienen. Para esta entrada me basaré en la carta encíclica "PASCENDI DOMINICI  GREECI" de S.S. San Pío X sobre los errores de las doctrinas modernistas. 


En todas las épocas han existido "hombres de lenguaje perverso, decidores de noverdades y seductores, sujetos al error y que arrastran al error". Ya en 1907, cuando S.S. San Pío X escribió esta encíclica, proliferaban los enemigos de la Cruz de Cristo, quienes desarrollaron artes nuevas llenas de perfidia con miras a aniquilar la Iglesia y el Reino de Jesucristo.
No se puede ya guardar silencio. Debemos tener mucho cuidado, ya que dichos enemigos no siempre son delcarados, muchos son los que se ocultan en el mismo seno de la Iglesia y por lo mismo son mucho más perjudiciales.

Se trata de un gran número  de católicos seglares y hasta de sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología, e impregnados hasta la médula de los huesos con venenosos 
errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan como restauradores  de la Iglesia, asaltan con audacia todo cuanto  hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor,  a quien con sacrílega temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre. Ellos traman  la ruina de la Iglesia, no desde fuera,  sino desde dentro, persiguen por mil caminos su nefasto designio, su táctica es la más insidiosa y pérfida. Amalgamando en sus 
personas al racionalista y al católico, lo hacen con habilidad tan refinada, que fácilmente sorprenden  a los incautos.

Aunado a esto, engañan llevando una vida llena de actividad, constancia y ardor singulares  hacia todo género de estudios, aspirando a granjearse la estimación pública por sus costumbres, con frecuencia intachables.  Por fin, y esto parece quitar toda 
esperanza de remedio, sus doctrinas les han pervertido el alma de tal suerte que desprecian toda autoridad y no soportan corrección alguna;  y atrincherándose  en una conciencia mentirosa, nada omiten para que se atribuya a celo sincero de la verdad lo que sólo es obra de la tenacidad y del orgullo. Tiempo es de arrancar la máscara a esos hombres y de mostrarlos a la Iglesia entera tales cuales son en realidad. 

Una táctica de los modernistas consiste en no exponer  jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su conjunto,  sino dándolas en cierto modo por fragmentos  y esparcidas acá y allá, lo cual contribuye  a que se les juzgue  fluctuantes  e indecisos en sus ideas, cuando en realidad éstas son perfectamente  fijas y consistentes.   ante todo, importa presentar  en este lugar esas 
mismas doctrinas en un conjunlo,  y hacer ver el enlace lógico entre ellas, para indicar después las causas de los errores y prescribir los remedios más adecuados para cortar el mal.

Para mayor claridad en materia tan compleja, preciso es advertir ante todo que cada modernista reúne en sí mismo una variedad de personajes, mezclando,  por decirlo asi, al filósofo, al creyente,  al apologista, al reformador; personajes todos que conviene distinguir singularmente  si se quiere conocer a fondo su sistema y penetrar en los principios y consecuencias de sus doctrinas. Y quedan así perfilados los temas de las próximas entradas, en las cuales definiremos el perfil de cada uno de estos personajes.



domingo, 18 de agosto de 2013

La Verdad y el Pensamiento

A manera de seguimiento de la entrada anterior sobre la Verdad, publico este fragmento del libro El criterio de Jaime Balmes. Espero que sea de mucho provecho para quienes lo lean, sobre todo para reforzar la idea de que, sin importar cuánto se esmere el mundo en hacernos creer lo contrario, la Verdad existe y la Verdad es una sóla e inmutable.


"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn XIV, 6)
Soy el camino, con mi ejemplo; la verdad, con mi doctrina; la vida, con mi gracia.

§I
En qué consiste el pensar bien. -Qué es la verdad
El pensar bien consiste: o en conocer la verdad o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella. La verdad es la realidad de las cosas. Cuando las conocemos como son en sí, alcanzamos la verdad; de otra suerte, caemos en error. Conociendo que hay Dios conocemos una verdad, porque realmente Dios existe; conociendo que la variedad de las estaciones depende del Sol, conocemos una verdad, porque, en efecto, es así; conociendo que el respeto a los padres, la obediencia a las leyes, la buena fe en los contratos, la fidelidad con los amigos, son virtudes, conocemos la verdad; así como caeríamos en error pensando que la perfidia, la ingratitud, la injusticia, la destemplanza, son cosas buenas y laudables.
Si deseamos pensar bien, hemos de procurar conocer la verdad, es decir, la realidad de las cosas. ¿De qué sirve discurrir con sutileza, o con profundidad aparente, si el pensamiento no está conforme con la realidad? Un sencillo labrador, un modesto artesano, que conocen bien los objetos de su profesión, piensan y hablan mejor sobre ellos que un presuntuoso filósofo, que en encumbrados conceptos y altisonantes palabras quiere darles lecciones sobre lo que no entiende.
§ II
Diferentes modos de conocer la verdad
A veces conocemos la verdad, pero de un modo grosero; la realidad no se presenta a nuestros ojos tal como es, sino con alguna falta, añadidura o mudanza. Si desfila a cierta distancia una columna de hombres, de tal manera que veamos brillar los fusiles, pero sin distinguir los trajes, sabemos que hay gente armada, pero ignoramos si es de paisanos, de tropa o de algún otro cuerpo; el conocimiento es imperfecto, porque nos falta distinguir el uniforme para saber la pertenencia. Mas si por la distancia u otro motivo nos equivocamos, y les atribuimos una prenda de vestuario que no llevan, el conocimiento será imperfecto, porque añadiremos lo que en realidad no hay. Por fin, si tomamos una cosa por otra, como, por ejemplo, si creemos que son blancas unas vueltas que en realidad son amarillas, mudamos lo que hay, pues hacemos de ello una cosa diferente.
Cuando conocemos perfectamente la verdad, nuestro entendimiento se parece a un espejo en el cual vemos retratados, con toda fidelidad, los objetos como son en sí; cuando caemos en error, se asemeja a uno de aquellos vidrios de ilusión que nos presentan lo que realmente no existe; pero cuando conocemos la verdad a medias, podría compararse a un espejo mal azogado, o colocado en tal disposición que, si bien nos muestra objetos reales, sin embargo, nos los ofrece demudados, alterando los tamaños y figuras.
§III
Variedad de ingenios
El buen pensador procura ver en los objetos todo lo que hay, pero no más de lo que hay. Ciertos hombres tienen el talento de ver mucho en todo; pero les cabe la desgracia de ver lo que no hay, y nada de lo que hay. Una noticia, una ocurrencia cualquiera, les
suministran abundante materia para discurrir con profusión, formando, como suele decirse, castillos en el aire. Estos suelen ser grandes proyectistas y charlatanes.
Otros adolecen del defecto contrario: ven bien, pero poco; el objeto no se les ofrece sino por un lado; si éste desaparece, ya no ven nada. Éstos se inclinan a ser sentenciosos y aferrados en sus temas. Se parecen a los que no han salido nunca de su país: fuera del horizonte a que están acostumbrados, se imaginan que no hay más mundo.
Un entendimiento claro, capaz y exacto, abarca el objeto entero; le mira por todos sus lados, en todas sus relaciones con lo que le rodea. La conversación y los escritos de estos hombres privilegiados se distinguen por su claridad, precisión y exactitud. En cada palabra encontráis una idea, y esta idea veis que corresponde a la realidad de las cosas.
Os ilustran, os convencen, os dejan plenamente satisfecho; decís con entero asentimiento: «Sí, es verdad, tiene razón.» Para seguirlos en sus discursos no necesitáis esforzaros; parece que andáis por un camino llano, y que el que habla sólo se ocupa de
haceros notar, con oportunidad, los objetos que encontráis a vuestro paso. Si explican una materia difícil y abstrusa, también os ahorran mucho tiempo y fatiga. El sendero es tenebroso porque está en las entrañas de la tierra; pero os precede un guía muy práctico, llevando en la mano una antorcha que resplandece con vivísima luz.
§ IV
La perfección de profesiones depende de la perfección con que se conocen los objetos de ellas
El perfecto conocimiento de las cosas en el orden científico forma los verdaderos sabios; en el orden práctico, para el arreglo de la conducta de los asuntos de la vida, forma los prudentes; en el manejo de los negocios del Estado, forma los grandes políticos; y en todas las profesiones ea cada cual más o menos aventajado, a proporción del mayor o menor conocimiento de los objetos que trata o maneja. Pero este conocimiento ha de ser práctico, ha de abrazar también los pormenores de la ejecución, que son pequeñas verdades, por decirlo así, de las cuales no se puede prescindir, si se
quiere lograr el objeto. Estas pequeñas verdades son muchas en todas las profesiones; bastando para convencerse de ello el oír a los que se ocupan aun en los oficios más sencillos. ¿Cuál será, pues, el mejor agricultor? El que mejor conozca las calidades de
los terrenos, climas, simientes y plantas; el que sepa cuáles son los mejores métodos e instrumentos de labranza y que mejor acierte en la oportunidad de emplearlos; en una palabra: el que conozca los medios más a propósito para hacer que la tierra produzca,
con poco coste, mucho, pronto y bueno. El mejor agricultor será, pues, el que conozca más verdades relativas a la practicada su profesión. ¿Cuál es el mejor carpintero? El que mejor conoce la naturaleza y calidades de las maderas, el modo particular de trabajarlas y el arte de disponerlas del modo más adaptado al uso a que se destinan. Es decir, que el mejor carpintero será aquel que sabe más verdades sobre su arte. ¿Cuál será el mejor comerciante? El que mejor conozca los géneros de su tráfico, los puntos de donde es más ventajoso traerlos, los medios más a propósito para conducirlos sin deterioro, con presteza y baratura, los mercados más convenientes para expenderlos con celeridad y ganancia; es decir, aquel que posea más verdades sobre los objetos de comercio, el que conozca más a fondo la realidad de las cosas en que se ocupa.
§V
A todos interesa el pensar bien
Échase, pues, de ver que el arte de pensar bien no interesa solamente a los filósofos, sino también a las gentes más sencillas. El entendimiento es un don precioso que nos ha otorgado el Creador, es la luz que se nos ha dado para guiarnos en nuestras acciones; y claro es que uno de los primeros cuidados que debe ocupar al hombre es tener bien arreglada esta luz. Si ella falta, nos quedamos a obscuras, andamos a tientas, y por este motivo es necesario no dejarla que se apague. No debemos tener el entendimiento en inacción, con peligro de que se ponga obtuso y estúpido, y, por otra parte, cuando nos proponemos ejercitarle y avivarle, conviene que su luz sea buena para que no nos deslumbre, bien dirigida para que no nos extravíe.

lunes, 5 de agosto de 2013

La Verdad y San Justino

  
San Justino (163)
FIESTA: 14 de abril




 
Algo del agua viva, que Jesús dio a los habitantes de Siquem el día de su diálogo con la Samaritana, quedaba todavía un siglo más tarde para saciar las almas sinceras. Ninguna tan sincera, acaso, en aquellos días de escepticismo, como la de Justino, este buen samaritano, si no de sangre, a menos de nacimiento, que fue el primero en lanzar un puente entre la filosofía antigua y el cristianismo. Amó la verdad con apasionamiento, y él mismo nos ha contado la historia emocionante de su itinerario espiritual. El amor de la verdad, unido a un profundo sentimiento de justicia, es el alma de toda su vida. El primer sistema que se ofrece a su consideración es el estoicismo. Es su hora. En el ambiente queda todavía el acento severo de Séneca y Epicteto. Justino recoge ávido sus promesas de felicidad por medio de la práctica de la virtud y por la tranquilidad en que envuelve el alma del sabio. Tal vez su imaginación juvenil quedaba fascinada ante la pompa teatral con que el maestro profiere sus máximas. Pero surge en el discípulo la pregunta inevitable: "Y de Dios, ¿qué me dices?" El profesor frunce el entrecejo, y responde con palabras desdeñosas. El joven estudiante había descubierto el punto flaco de la escuela. Sin una enseñanza dogmatica, aquella ética rigurosa no era más que un bello edificio levantado en el aire. "Me di cuenta--dice Justino--de que no avanzaba en lo más mínimo en el conocimiento de Dios; porque ni sabía nada mi maestro, ni creía esa ciencia necesaria". A la experiencia del Pórtico sigue la del Perípato. El discípulo de Aristóteles a quién se dirigió el adolescente era un espíritu fino, o por lo menos así se lo creía él. Introdujo a Justino en el mundo abstracto de los predicamentos y a los pocos días de lección le hizo esta reflexión categorica: "Bueno ya ves que la ciencia que yo enseño es muy preciosa, y como comprenderás no se puede dar de balde." El oyente quedó atónito. En su amable ingenuidad, casi infantil, no acertaba a comprender cómo un hombre que había encontrado la felicidad podía pensar en esa cosa miserable que se llama dinero. " Inmediatamente--confiesa él mismo-- dejé a mi hombre juzgándole indigno del nombre de filósofo, y codicioso siempre que aprender lo que es propiamente la esencia de la filosofía, fui en busca de un Pitagórico, hombre de mucha fama y orgulloso de su saber". Pero este filósofo era muy exigente con sus discípulos. Antes de revelarles sus pedanterías sutiles acerca de los números, debían haber estudiado mucho acerca de la naturaleza. "¿Conoces la música, la geometría y la astronomía?", preguntó al animoso postulante; y Justino le miraba un poco desconcertado, indagando qué misteriosa relación podían tener aquéllas cosas con la vida feliz que él buscaba en la filosofía. "Nada de todo eso he estudiado", contestó sencillamente. Y el pitagórico, con aire doctoral: no comprenderías nada de mis altas teorías, sin saber dónde está la Osa Mayor, Cánope o Arturo".


Quedaba otra escuela famosa, la de los platónicos, que entraba entonces en un período de renacimiento y que no tardaría en producir ilustres representantes y en organizar una cátedra famosa en el Museum alejandrino. Era alrededor del año 130. Justino estaba entonces en Efeso. El peregrino infatigable de la ciencia parece haber encontrado un maestro que comprendió la rectitud y la lealtad de su alma. Bajo su dirección, empezó a gustar las bellezas filosóficas y literarias de Fedro y el Simposio. Estaba encantado; más aún, entusiasmado. "Lo que sobre todo me alegraba--dice él mismo--era el conocimiento de las cosas inteligibles. La teoría de las ideas ponía alas en mi espíritu. Me imaginaba haber conseguido ya la sabiduría, y esperaba llegar pronto a la contemplación de Dios, que es el fin de la filosofía platónica".


De vez en cuando, el nuevo filósofo dudaba todavía. Tal vez, pensaba, no he terminado aún mi odisea espiritual; acaso no he llegado más que al vestíbulo de la ciencia. Lo que le inquietaba era ver a unos hombres que, aunque perseguidos en todas partes, parecían poseer una serenidad de alma que ni los diálogos platónicos le habían dado a él. A pesar de las calumnias, de los tormentos y de la muerte, se les veía libres de todo temor, de toda tristeza, de toda turbación. ¿Qué nueva filosofía era esa que causaba efectos tan prodigiosos? "Ya cuando era platónico--dice Justino--, había oído hablar de los crímenes que se imputaban a los cristianos, pero viéndoles sin miedo delante de la muerte y de todos los peligros, no podía hacerme a la idea de que hombres como esos pudiesen vivir en el desorden y en el amor del placer". Nada más lógico que esta conclusión, y un hombre que sigue lealmente los dictados de su espíritu, tiene que encontrar a Dios necesariamente. Su entusiasmo lo llevará a la visión deseada. Así le sucedió al noble pensador de Siquem. Paseábase un día cerca de la playa, revolviendo, como siempre, el ovillo de sus pensamientos, cuando observó que se le acercaba un anciano de aspecto venerable. Justino, que se creía sólo, le declaró su sorpresa.


--Vengo--le respondió el desconocido--a ver si diviso en el horizonte la nave donde han de venir los míos.

--Y yo--repuso el filósofo--me distraigo aquí conversando conmigo mismo, pues nada favorece tanto el estudio como la soledad.

Y empezó una discusión filosófico-religiosa. Justino hizo un cálido elogio a la filosofía, como medio de llegar a la felicidad; el anciano, desdeñando las teorías, defendió que la felicidad está en la Verdad, hecha vida y sangre a fuerza de sacrificio. La filosofía, decía el uno, es la ciencia del ser; la filosofía, replicaba el otro, es la ciencia del obrar.
--No obstante--añadía el filósofo--yo sé por la filosofía que hay un ser Inmutable, principio de todas las cosas.
--Pero este conocimiento se convertiría en una nueva causa de inquietud, si ignoramos nuestras relaciones con ese der inmutable y su actitud frente a nosotros, y el verdadero camino, si es que hay uno para llegar a él.
Ante esta objeción, el entusiasmo platónico del joven empezó a enfriarse.
--Pero, bueno--decía--, si los grandes espíritus, a quienes consideramos como el oráculo de la Humanidad, no nos han dicho la verdad, ¿dónde vamos a encontrarla?
Esta pregunta es la que debía estar esperando el desconocido. Ella permitía desarrollsr un breve discurso catequístico en consonancia con la religión que profesaba. Dios, le dijo, no ha abandonado a su impotencia a la razón humana; ha enviado al mundo sus mensajeros para iluminar a los hombres de buena voluntad y sus mensajes podemos leerlos nosotros en libros donde hay maravillosas profecías que se han cumplido estrictamente. Busca en esos libros, que podrás encontrar lo mismo entrenlos hebreos que entre los cristianos y esa luz que buscas deslumbrará tus ojos.
"Dicho esto--continúa Justino--el anciano se despidió de mi, dejando mi corazón inflamado en deseos de conocer a los profetas y a los hombres amigos de Cristo. Después leí, reflexioné, medité, llegando al convencimiento de que había encontrado la única filosofía segura y útil. De esta nueva manera soy ahora filósofo y quisiera que todos siguiesen este mismo camino que yo, porque en él se encuentra el descanso completo de mi corazón.
El discípulo de Platón se había hecho discípulo de Cristo; mas no abandonó por eso el estudio de la filosofía. Viósele como antes, pasear por la orilla del mar absorto en sus meditaciones, buscar a los hombres de letras en el foro y en las termas, exponer audazmente su nueva filosofía, discutir con los herejes, con los judíos y con los paganos, escribir, enseñar, catequizar. Suyo es este bello principio, que realizó plenamente en su vida: "Poder decir la verdad y callarla, es atraer la cólera divina".



San Justino fue un gran apologista de la religión cristiana y fundador de la idea de las escuelas de teología que más tarde recogerían Clemente y Orígenes. Su confianza en la verdad lo llevó a dirigir dos memorias apologéticas a los emperadores defendiendo la honra de los cristianos, afirmando que el Verbo divino, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, les movía ocultamente con su gracia. No hay contradicción, decía, entre la razón y la fe, ésta es el complemento de aquélla; el cristianismo no ha venido a destruir, sino a purificar, a perfeccionar. Pero la mano que la Iglesia tendía al imperio con su embajador fue rechazada con desdén. Justino fue acusado de ateísmo y de impiedad, es decir, de ser cristiano. Una muerte generosa coronó aquella vida nobilísima. Todo reclama nuestra simpatía en esta gran figura: el amigo de la Verdad, el peregrino de la ciencia, el maestro, el apologista, el mártir.


Como bien decía San Justino, el Verbo ilumina a todos los hombres del mundo, por ello todos estamos obligados a buscar la Verdad; pero no todos lo escuchan y casi ninguno la busca. 


En nuestros días, además, el demonio, sagaz y ávido de ganar para sí las almas de los hombres, se las ha ingeniado para hacer creer a muchos que la Verdad no existe. Fulminando el objetivo supremo de nuestra razón, nos desarma en el camino hacia el fin último de nuestra existencia: la salvación de nuestra alma y su unión con Dios.



Fragmentos de la hagiografía extraídos de Fr. Justo Pérez de Urbel, Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1934.